Amor al prójimo, autoridad y la tentación del control

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Youseff Derikha

3/3/20263 min read

Si el cristianismo se toma en serio (no como mera identidad cultural, sino como obediencia de pacto al Señor Jesucristo) entonces el amor al prójimo no admite excepciones jurídicas. El segundo gran mandamiento no incluye una cláusula migratoria. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22:39) no distingue entre documentado e indocumentado, ciudadano o extranjero. De hecho, la Ley misma ordena explícitamente amar al extranjero (Lev 19:34). Cualquier ética que relativice ese mandato en nombre de la “soberanía” civil revela que ha subordinado la ley de Dios a otra autoridad, a otro dios.

Ahora bien, quien actúe conforme a esa norma será inevitablemente despreciado. Y lo será desde varios frentes.

Será rechazado por el humanismo secular, porque el cristiano no ama al prójimo como fin autónomo, sino como portador de la imagen de Dios. El fundamento no es la dignidad abstracta del individuo, sino la autoridad del Creador. Eso incomoda tanto como cualquier exclusión al humanista, socialista, demócrata, o liberal.

Será rechazado, visto como un insoportable, también por el estatismo, porque el estado moderno reclama el monopolio moral sobre quién merece protección y bajo qué condiciones. Cuando el cristiano afirma que su obligación ética no depende del permiso estatal, está negando la pretensión mesiánica del aparato político.

Pero también, y esto es la tónica cada vez que la iglesia institucional se corrompe, será resistido por el eclesiolatrismo: por la iglesia institucional y su jerarquía. Y veamos la lógica actual que lleva al desprecio específico en este asunto cuando se toma en serio el cristianismo:

Cuando la membresía institucional se transforma en condición ontológica de salvación o en sello de autenticidad cristiana (y es lo que está pasando hoy en la práctica y teología de los eclesiólatras), se cruza una línea bastante peligrosa. La iglesia visible es real y necesaria; la disciplina eclesiástica es bíblica (solo que tiene que ver más con el discipulado que con castigo); la comunión no es opcional para los hermanos (pero no la confundamos con puestas en escena dominicales). El punto es que han llegado a convertir la afiliación formal a una persona jurídica reconocida por el estado (la membresía a sus clubes) en requisito para ser cristiano. Eso ya es otra cosa. Eso es positivismo eclesiástico. Es elevar una estructura administrativa. abstracta (impersonal) a categoría soteriológica.

El apóstol Pablo enfrentó precisamente esa lógica en Gálatas 1–2. Los judaizantes no negaban a Cristo, pero añadían un requisito visible para certificar la pertenencia al pueblo de Dios: la circuncisión. Pablo no trató el asunto como una diferencia secundaria. Lo llamó “otro evangelio” y los anatemizó. Se negó a ceder “ni por un momento” (Gál 2:5), porque entendía que añadir una marca humana como condición de legitimidad cristiana era subvertir la justificación por la fe, y reducir al cristiano a la esclavitud a los hombres (Gal. 2:4). Pablo se opuso a que hombre dominaran la conciencia de los creyentes.

El paralelo contemporáneo debe formularse con cuidado y seriedad, pues no estamos hablando de algo secundario. Sin embargo es claro que cuando se enseña que sin membresía formal en determinada institución creada y organizada por hombres no se puede ser cristiano verdadero, se está introduciendo un marcador humano como garantía de salvación o de legitimidad espiritual. Eso no es eclesiología cristiana; es un evangelio diferente.

El problema no es la membresía en sí, sino su absolutización como condición soteriológica o como mecanismo de control. No es malo que existan instituciones formales; no es pecado ser miembro de una de ellas, pero debe separarse de lo que es la iglesia. Una determinada iglesia local puede, libremente, reunirse en el edificio que es propiedad de esas instituciones. Pueden obligarse los hermanos, de forma libre y voluntaria, a participar de todo lo que se organicen en esos clubes. No hay nada de malo. Pero no los confundamos: no son la Iglesia.

El cristiano no necesita la certificación de una institución positivizada para pertenecer a Cristo. La señal de que es de Cristo no es un registro administrativo, sino la fe que obra por el amor (Gál 5:6). Y ese amor no se somete ni a la idolatría del estado ni a la idolatría de estructuras eclesiásticas que pretendan ocupar el lugar de la conciencia cautiva a la Palabra de Dios.