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Sobre el razonamiento motivado ideológicamente
SESGOS Y RAZONAMIENTO MOTIVADO
Youseff Derikha
1/5/20262 min read


Hay una forma de razonamiento que me ha despertado una curiosidad feroz desde hace poco más de un año: ese razonamiento que exige que primero confirmes que tu identidad ideológica es la de tu interlocutor para recién entonces ser validado… y, con suerte, escuchado.
Primero debes decir “amén” a los ideologemas de turno. No porque sean verdaderos, sino porque funcionan como contraseña. Como santo y seña dirían nuestros abuelos. Si no repites la liturgia correcta, no existes; si repites los ideologemas, te “reconocen” y te conceden el derecho a hablar.
Por ejemplo, con el caso de Venezuela yo tendría que partir diciendo: “¡Me alegra que cayó Maduro!”. Luego, obedientemente, repetir el rosario: “son 25 años”, “tirano maldito”, "el socialismo es maldición" y rematar con consignas que te ubican tribalmente: “La libertad avanza”, “viva la libertad”, etc. No importa si entiendes el fenómeno; importa que marques pertenencia y confirmes identidad. Es una prueba de lealtad, no un juicio de realidad.
Y no me hago el superior con esto: es simplemente un hecho: eso vende y moviliza mucho más que detenerse a pensar. Y yo, en mi ingenuidad, he caído muchas veces en propaganda e ideología (también he sido presa de mis emociones desordenadas). No hace tanto me entusiasmé con Milei… hasta que me di cuenta de lo estúpido que puedo llegar a ser cuando creo en políticos. (El problema no es que me equivoque; es que me dejé llevar por el mismo mecanismo que estoy criticando aquí.)
Pero lo realmente terrible de esta lógica es su costado inquisitorial: si no confirmas la identidad y la ideología; si no demuestras que te tragaste la pastillita del ideologema, pasas a ser sospechoso. Y el sospechoso, tarde o temprano, es tratado como culpable: “no confirma la verdad”, “algo oculta”, “no está con nosotros”. Ese reflejo es típicamente fascista, ya sea de derecha o de izquierda: puede cambiar el color o el símbolo, pero no la estructura mental.
Para que no se me malentienda: sí, me alegra la desgracia política de Maduro. Y, si se hiciera verdaderamente justicia, debería enfrentar un juicio real y una condena capital (cosa que, seamos honestos, probablemente no veremos). Pero también veo el truco: esto se está usando como lo que los magos llaman misdirection: desviar la atención hacia una cosa para que no mires la otra. Qué es esa "otra cosa", no lo tengo claro.
No tengo certeza de qué acuerdos, presiones o transacciones hay detrás entre Trump y el chavismo, ni con actores como Putin o Xi Jinping (dudo que Trump no haya primero llegado a un acuerdo entre ellos), pero tampoco soy tan ingenuo como para creer que todo esto ocurre en un vacío moral y estratégico, como si el poder y la lógica del estado de pronto se volviera virtuosa por un fin de semana.
Lo que sí sé es esto: lo que ocurrió el sábado pasado no es la liberación de Venezuela del socialismo. Puede ser un capítulo, una maniobra, un reordenamiento, una puesta en escena, un cambio de ficha… pero “liberación” es una palabra demasiado seria para gastarla en un espectáculo de identificación tribal.
