De la Tutoría de la Ley a la Tiranía del Estado Moderno

Una reflexión sobre Gálatas 3:24-25

LA SALVACIÓN Y EL GOBIERNO DIVINOTEONOMÍA

Youseff Derikha

3/29/20262 min read

En mi estudio sobre Gálatas 3:19-29, he reflexionado sobre la imagen que Pablo utiliza en los versículos 24 y 25: "De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo".

Para comprender el impacto de esta declaración, debemos trasladarnos al contexto histórico de los años 48-49 d.C. El "ayo" (del griego paidagogos) no era un maestro de escuela, sino un esclavo estricto encargado de la custodia y disciplina moral y física del hijo del amo, portando a menudo una vara para corregir las desviaciones. Su rol era fundamental, pero estrictamente temporal. El objetivo del paidagogo era restringir la insensatez del niño y guiarlo hasta que alcanzara la madurez. Una vez que el hijo crecía y asumía su estatus como heredero responsable, la tutela terminaba.

Pablo nos enseña que "venida la fe" —la revelación del evangelio de la gracia— ya no estamos bajo ese tutor. En Cristo hemos alcanzado la madurez espiritual; hemos sido revestidos de su estatus para ejercer dominio responsable. Esta madurez no anula la verdad ética y moral de la ley (Rom. 3:31), sino que elimina nuestra necesidad de las sombras, ceremonias y de la vara del paidagogo, porque ahora el Espíritu Santo escribe esa ley en nuestros corazones para caminar en justicia y verdad (Eze. 36:27).

A la luz de esta libertad bíblica, resulta revelador comparar el diseño temporal del paidagogo antiguo con el paidagogo humanista de nuestros días: El estado moderno.

A diferencia del tutor bíblico, que preparaba al hijo para la libertad y luego se apartaba, el estado humanista contemporáneo (independientemente de si es administrado por la izquierda o la derecha) se ha erigido a sí mismo como un tutor perpetuo y divinizado, un verdadero Moloc moderno. A través del llamado "estado de bienestar", de regulaciones asfixiantes, del derecho positivo que busca normar toda acción humana, y de una redistribución coactiva de la riqueza que equivale a una violación institucional del octavo mandamiento ("No hurtarás"), el estado trata a los ciudadanos como infantes perpetuos.

El estatismo se niega rotundamente a que la sociedad alcance la madurez ¿Por qué? Porque un hombre autogobernado bajo la ley de Dios y justificado por Cristo no necesita la tutela de una burocracia paternalista. Para mantener su poder, el estado perpetúa esta inmadurez mediante la confiscación constante de la propiedad (impuestos) y el monopolio de la moneda. Al hacerlo, despoja a los hijos que ya deberían ejercer el dominio del capital y los recursos necesarios para administrar la creación de Dios. Como advirtió el Señor en 1 Samuel 8, un poder humano centralizado inevitablemente confiscará los frutos del trabajo del pueblo para alimentar su propia maquinaria. El estado no solo te trata como a un niño incapaz; además, te cobra sus honorarios por hacerlo.

Tristemente, como ocurrió con Israel en el desierto cuando añoraba los ajos y cebollas de Egipto, la naturaleza caída del hombre a menudo prefiere la esclavitud cómoda y la falsa seguridad bajo la tutela del nuevo faraón: el estado; antes que asumir la gloriosa, pero exigente, responsabilidad de la libertad y el dominio bajo el señorío de Cristo.