El Canto de Lamec
Lamec como filosofía de gobierno
Youseff Derikha
1/11/20266 min read


En las primeras páginas de la historia humana, la Escritura nos presenta un retrato crudo y revelador de una civilización humana en guerra contra su Creador. El breve pasaje de Génesis 4:19-24, se presenta como el desarrollo y la culminación del hombre caído. El pasaje nos presenta el "Canto de Lamec", que es el manifiesto fundacional de la Ciudad del Hombre. Es la declaración de independencia de Dios por parte de una humanidad caída que, habiendo rechazado a Dios y Su ley, consagra la violencia y el poder como su fundamento y la venganza como su justicia.
El pasaje del libro de Génesis (capítulo 4) detalla la genealogía de Caín, la "simiente de la serpiente", y nos muestra que el pecado no es estático; es un cáncer que hace metástasis a través de las generaciones. Lo que comenzó en el Huerto del Edén (el pecado original) se desarrolló con el resentimiento y el asesinato de un hermano, y florece en Lamec en una rebelión total y jactanciosa contra todo el orden divino. Analizar su mundo es vernos a nosotros mismos en un espejo antiguo pero terriblemente revelador.
La Rebelión Comienza en el Hogar
Y Lamec tomó para sí dos mujeres... (Génesis 4:19)
La primera pincelada en el retrato de la rebelión cainita es un ataque directo a la ley y soberanía de Dios. Lamec es el primer polígamo registrado en la Biblia. Con este acto, no solo busca la gratificación personal, sino que desprecia y violenta la institución fundamental de Dios: el matrimonio monógamo, una unión de un hombre y una mujer que refleja la relación de pacto entre Dios y su pueblo (Génesis 2:24).
Aquí se nos revela una premisa fundamental: toda rebelión social y política comienza con la rebelión contra el orden familiar de Dios. Una sociedad no puede permanecer justa si su unidad más básica es corrompida, anulada o despreciada. La familia bíblica es el cimiento de la sociedad piadosa; su deconstrucción - ya sea corrompiéndola, negándola o relegándola a un segundo plano- es el primer objetivo de la civilización humanista.
Dominio no; dominación sí.
Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados. Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta. Y Zila también dio a luz a Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro... (Génesis 4:20-22)
La descendencia de Lamec es innovadora. Desarrollan la ganadería, las artes y la metalurgia. El impulso del hombre al dominio no es erradicado por el pecado, sino que su dirección es trastornada y corrompida. A simple vista, las obras de los hijos de Lamec parecen un cumplimiento del mandato de dominio dado en Edén (Gén. 1:28). Sin embargo, el contexto aquí lo es todo. Estos avances no se desarrollan en los términos del pacto y la ley de Dios -para gloria de Dios- sino como herramientas para la autonomía del hombre y establecer su supuesta soberanía. Su objetivo final es la dominación: acrecentar el poder para someter a los otros.
Jabal crea una economía que permite la independencia. Jubal crea una cultura y un arte que celebran al hombre y sus pasiones, no a Dios ni en un amor al prójimo. Y, de manera más ominosa, Tubal-caín forja las armas. La tecnología, el arte y la economía, dones de Dios, se convierten en los pilares de una fortaleza humanista diseñada para mantener a Dios fuera, así como a los extraños hijos de Set. La civilización de Lamec busca su seguridad no en los términos de la ley de Dios ni en la providencia divina, sino en la proclamación de su autonomía y su prosperidad económica y en el poderío militar.
La Ley del Hombre
El pasaje culmina en el primer poema registrado en la Biblia, el Canto de Lamec. Es una oda a la soberanía del hombre, dirigida a sus esposas como una muestra de su poder protector.
Y dijo Lamec a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: Que un hombre he matado por mi herida, y a un joven por mi contusión. Porque siete veces será vengado Caín, mas Lamec setenta veces siete. (Génesis 4:23-24)
Este canto es una blasfema usurpación de la autoridad de Dios. Lamec se jacta de haber matado a alguien por una simple herida. Ha declarado ser la fuente y definidor de la justicia, convirtiéndola su voluntad en ley y la sanción en venganza personal. Rechaza cualquier estándar externo y se erige a sí mismo como soberano y juez, jurado y verdugo (como hace todo estado).
La ley de Dios establece el principio de la justicia retributiva y proporcional "ojo por ojo, diente por diente" (Éxo. 21:24); ley que limita la venganza para que el castigo se ajuste proporcionalmente al crimen y sea restitutivo. La ley de Lamec es la antítesis: una herida se paga con la muerte. Es la ley del hombre caído, donde el más fuerte impone su voluntad.
El clímax de su arrogancia es la comparación que hace con la protección que Dios le dio a Caín. Si Dios prometió una venganza de siete veces para quien matara a Caín, Lamec, en su sueño de soberanía, en su reclamo de toda autoridad, se otorga a sí mismo una protección de "setenta veces siete". Se declara más soberano, más terrible y más digno de temor que el propio Dios. Es la apoteosis del hombre caído, que se declara a sí mismo el dios de su propio universo.
¿Qué nos dice el canto de Lamec sobre nuestros días?
La religión que dio pie a la civilización de Lamec no murió en el Diluvio. Su espíritu está vivo y goza de buena salud en el siglo XXI. Vivimos en una cultura que, de manera sistemática, primero, ataca la familia redefiniendo el matrimonio y socavando los roles dados por Dios. El estado se arroga la soberanía y el poder de definir lo que es el matrimonio. Con ello, relega a la familia a un segundo plano, sometida al estado soberano, quien reclama todo gobierno y la determinación del mismo.
Segundo, confía en la Tecnología para su Salvación. Se coloca la fe en los avances científicos y en el poder del estado para resolver todos los problemas humanos, desde la enfermedad hasta la muerte. El socialismo (la visión de un poder central que planifica toda la sociedad) es la religión de nuestro siglo.
Tercero, glorifica el Poder. Celebra y elogia la venganza personal y el poder del más fuerte. Adora la violencia y premia al más fuerte, al más amenazador y violento. El mundo caído clama por un hombre fuerte que los defienda.
Cuarto, rechaza la Ley de Dios (la teonomía). Sustituye la palabra-ley de Dios por una moralidad situacional, de conveniencia tribal y pseudo-leyes humanas que protegen al culpable y castigan al inocente.
El Canto de Lamec es el himno nacional de nuestras sociedades que erigen a un estado como su soberano, declarando con ello su independencia de Dios. Es un recordatorio de que una cultura puede tener una tecnología sofisticada, un arte refinado y una economía próspera, y aun así estar espiritualmente en la barbarie más profunda.
El camino de Lamec es el camino de la muerte, y es el camino que toda sociedad toma cuando legitima al estado. La única alternativa a esta barbarie es el camino de la Vida, que se encuentra en la sumisión a la ley del verdadero Rey, Jesucristo. Él nos llama a renunciar a la espada de la venganza personal y a confiar en la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Nos llama a construir una civilización no sobre el orgullo del hombre, sino sobre la roca de Su justicia inmutable. La pregunta que debemos hacernos es ¿Qué himno estamos cantando? ¿La arrogante oda a nuestra propia fuerza, o el himno de alabanza al Rey que nos redime y nos da Su ley como el camino a la verdadera libertad?
