El Estado como Iglesia de Satanás
El Culto al Hombre.
COSMOVISIÓN
Youseff Derikha
1/9/20264 min read


El estado moderno no es una institución neutral. Es, en su esencia teológica, una iglesia de satanás (Apo. 3:9). Así como la verdadera iglesia es la asamblea (ekklesia) de los llamados por Dios para vivir bajo Su ley, así también el estado humanista convoca a los hombres en rebelión contra el Creador. El estado secular no es meramente una agencia administrativa; es una estructura religiosa que adora al hombre como soberano y legisla en nombre de la voluntad humana en vez de la ley de Dios.
Desde el principio, el pecado del hombre ha sido querer ser como Dios, determinando por sí mismo el bien y el mal (Gén. 3:5). La torre de Babel (Gén. 11:1-9) fue la primera manifestación colectiva de esta rebelión: los hombres se unieron para edificar una civilización independiente de Dios, y "hacerse un nombre". Y aunque la construcción de la torre de Babel fue detenida por la providencia divina, el esfuerzo por construir Babel en la historia de la humanidad no desapareció nunca; simplemente se transmutó a lo largo de la historia en los imperios del hombre: Egipto, Babilonia, Roma, y en nuestros días, el estado moderno.
La ley humanista, al ser desligada de la ley de Dios, se convierte inevitablemente en un instrumento de opresión y dominación. Como dijo Rushdoony en su obra La Institución de la Ley Bíblica, "La ley es una declaración de soberanía". Quien redacta y legisla la ley, afirma ser el dios de la sociedad. Así, el estado moderno, al legislar conforme a la voluntad del hombre en lugar de someterse a la revelación divina, se autoerige en dios, arrogándose una autoridad que solo pertenece al Altísimo. Sin embargo, el estado como tal no posee vida ni poder propio; son los políticos, como agentes de este ídolo, quienes ejercen esta usurpación.
El apóstol Pablo denuncia esta idolatría del poder humano cuando describe a los hombres que "cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador" (Rom. 1:25). De ahí que toda pretensión de neutralidad estatal sea una ilusión; el estado es la encarnación de Satanás (Mt. 4:8-10).
Toda ley es en esencia teológica, ya que presupone una fuente última y suprema de autoridad. El estado humanista, al rechazar la autoridad de Dios, no se queda sin dios; simplemente sustituye a Dios por el hombre. El estado moderno se convierte entonces en una iglesia secular, y su culto es la autonomía humana: su liturgia es la democracia, las urnas y legislación positivista, sus sacramentos son la educación estatista y el control económico.
Históricamente, vemos que cuando el estado se justifica como salvador y fuente de orden, inevitablemente trae tiranía. Roma, por ejemplo, demandaba no solo obediencia civil, sino adoración religiosa: "¡César es señor!" frente a la confesión cristiana "Jesucristo es Señor" (Filipenses 2:11). Esta confrontación entre Cristo y César es inevitable, porque no puede haber dos soberanías en la tierra. Dios proclamó su soberanía sobre toda la tierra (Sal. 24:1). Y aquél que es salvo según el evangelio, es el que confiesa que Jesucristo es el Señor (Rom. 10:9).
La Escritura nos enseña que sólo Cristo posee "toda potestad en el cielo y en la tierra" (Mt. 28:18). En consecuencia, el deber del cristiano no es rendir homenaje al estado como soberano, sino reconocer el señorío exclusivo de Jesucristo. Esto significa resistir al ídolo estatal (por su reclamo de soberanía) y trabajar para la reconstrucción de la sociedad conforme a la ley de Dios (Deut. 4:5-8; Sal. 2).
Cabe mencionar que el estado no recibe idolatría como un accidente histórico; el estado es el resultado de la rebelión del hombre contra Dios y la construcción de un ídolo. Y como se hizo con Baal y Moloc, el estado debe ser desmantelado, y su cabeza destruida.
Y por favor, no se confunda aquí. Yo no estoy llamando a tomar las armas y empezar una revuelta violenta contra los políticos. El estado no tiene existencia ontológica: es una idea. Como lo fue Moloc y Baal en su tiempo. El desmantelamiento de este ídolo es espiritual: dejar de creer en él y de adorarle.
El gobierno de los hombres, llevado a cabo por hombres sabios, jueces que son maestros de la ley de Dios, es el descrito en Romanos 13:1-7. Sin embargo, cuando estos hombres se apartan de su ministerio de justicia bajo Dios, y el pueblo se rebela contra Dios, se establece una falsa iglesia: el estado, la iglesia de Satanás. Convoca no a los redimidos de Dios, sino a los rebeldes; no proclama la ley divina, sino la ley del hombre; no busca liberar, sino esclavizar.
Nuestro llamado, como pueblo del pacto, es declarar la soberanía de Dios sobre todas las esferas, restaurar la primacía de Su ley, y proclamar a Cristo como Rey de reyes y Señor de señores (Apo. 19:16). Sólo entonces podremos esperar la verdadera libertad, la que procede de obedecer la perfecta ley de libertad (Stg. 1:25).
