Una distinción que es tanto urgente como necesaria en nuestros días, con el fin de evitar confusiones, graves errores y manipulaciones, es la de distinguir entre lo que hoy entendemos por estado y lo que es el concepto de gobierno en su sentido cristiano.
El concepto de gobierno es un elemento inherente a la realidad que Dios nuestro Señor creó. Toda la creación participa de forma directa o indirecta del gobierno. Al ser una creación determinada y definida por Dios, la realidad está sujeta al gobierno absoluto de su Creador. Pero también, el Creador ha dado cierta facultad de gobierno a sus creaturas. Y de manera muy especial, ha dado un gobierno exclusivo al hombre, que involucra el amor, expresado en la adoración a su Creador y en el servicio a su prójimo y en el dominio sobre las creaturas bajo los términos del gobierno absoluto de su Creador. Es un gobierno determinado por Dios, delegado y limitado por la voluntad del Creador.
El gobierno supremo y absoluto (el soberano), jerárquico en esencia, es el que Dios ejerce sobre toda la creación y sobre los seres humanos en virtud de Su majestad y obra. Este poder es jerárquico respecto a la creación debido a la absoluta distinción ontológica que existe entre Dios y Su creatura, entre Dios y el hombre. Dios es absolutamente trascendente respecto de toda la creación. Y su superioridad y valor es absoluta e infinita. Es por este motivo, que el gobierno de Dios sobre la creación, y en especial sobre la humanidad, es absoluto y no puede ser cuestionado bajo ningún concepto. Hay una jerarquía absoluta entre Dios y Su voluntad, y el hombre y su voluntad. Por este motivo, el único gobierno absoluto e incuestionable es el gobierno de la Divinidad, y Su voluntad es ley para el ser humano.
Por otra parte, y en un grado en extremo inferior al de Dios, está el gobierno secundario y delegado; el que ejercen los hombres creados a imagen de Dios. Un gobierno que tributa, que sirve, al Señor Dios Todopoderoso. Este gobierno, al ser una facultad que Dios ha dado al ser humano, se difumina entre los hombres manifestándose principalmente en el autogobierno de la persona, y fundamentalmente en el de la familia (donde el ser humano tiene su primer encuentro con el gobierno y donde desarrolla su propio autogobierno desde niño).
Cuando decimos que se "difumina" queremos denotar la idea de que no se logra ver una concentración del gobierno en un solo ser humano, o en un grupo de hombres, en una sociedad libre. Se “diluye” entre la sociedad. En la sociedad libre, la sociedad cristiana (plena en autogobierno y responsabilidad), el gobierno no está concentrado en ningún hombre o corporación, pues como es claro: ningún hombre es ontológicamente superior a los demás como para poseer una jerarquía que le otorgue la facultad y el derecho de ser obedecido sin cuestionamiento (que es lo que implica la jerarquía entre los hombres). No existe la jerarquía ontológica entre los seres humanos.[1]
Lo anterior se desprende de la enseñanza bíblica que nos revela la absoluta distinción Creador/creatura, que nos muestra una de las enseñanzas más básicas del cristianismo: solo Dios es Dios, y nosotros, obra de Sus manos.
Esto nos lleva a un punto importante: es necesario hacer esta distinción entre gobierno y estado, debido a que el concepto de gobierno no solo es anterior al estado, sino que lo trasciende.
El estado reclama soberanía. No existe estado que haga esta reclamación explícita o implícitamente. Con ello, el estado está reclamando todo poder y gobierno (aunque se trate de una porción de tierra), pues reclama el gobierno que ejerce el Creador (jerárquico). Es muy común en nuestros días encontrarnos con personas que se refieren al estado como “El gobierno”, asumiendo implícitamente que no hay gobierno aparte del estado, no siendo capaces de reconocer gobierno en otro lugar. Al menos un gobierno independiente y no sometido al estado.
Esta cualidad que reclama el estado (y que en nuestros días le concedemos voluntaria o involuntariamente) tal y como hoy lo conocemos, no es menos que una reclamación de divinidad. Reclama la jerarquía ontológica (superioridad sobre los seres humanos) y el gobierno total y absoluto. Esto se demuestra en la práctica en que no podemos desligarnos del estado, no se reconoce nuestro derecho de secesión. Y el estado busca llevar esto a cabo legislando todas las áreas de la vida del ser humano, rodeándolo y encerrándolo en un cinturón de fuerza legislativo. No existe rincón en el que el estado no legisle, regule, reclame y ejerza su poder, queriendo ser Dios ejerciendo su providencia y determinación. Y esto no podría ser de otra manera: está reclamando soberanía.
Rushdoony, comentando sobre el concepto de soberanía, dijo,
“Cuando el filósofo Hegel definió el estado como un dios que camina sobre la tierra, expresó lo que durante mucho tiempo había sido la fe de muchos hombres, tanto en la antigüedad pagana como desde entonces. Esta reivindicación del estado, o de sus gobernantes, ha quedado patente durante mucho tiempo con la insistencia en la soberanía. La palabra soberano como adjetivo se define de cinco maneras en el diccionario Webster:
1. principal o más alto; supremo; primordial....
2. supremo o más alto en poder; superior en posición a todos los demás; jefe.
3. independiente de, e ilimitado por, cualquier otro; poseyendo, o con derecho a, autoridad o jurisdicción original e independiente.
4. excelente; eficaz; efectivo; controlador.
5. del más alto grado; supremo.
La palabra soberano procede del latín super, por encima, de modo que un soberano en sentido nominativo es aquel que está por encima de todos. Alguien que está por encima de todo, es independiente e ilimitado respecto a cualquier otro y tiene autoridad y jurisdicción independientes y originales sólo puede describir al Dios de las Escrituras. En la Biblia, la palabra para soberano siempre se traduce como señor: adonai en hebreo, y kyrios en griego. Así, el término más común para Dios en el Antiguo Testamento es señor o soberano, y la designación más utilizada para Jesús en el Nuevo es también señor, que también se utiliza para referirse a Dios Padre. El término en las Escrituras significa dueño, el que posee dominio y gobierno, autoridad y poder. Era un término utilizado para describir a los dioses paganos, y Nerón (54-68 d.C.) es descrito en una inscripción como ho tou pantos kosmou kyrios, Señor de todo el Mundo. Toda la cuestión entre Roma y la Iglesia primitiva giraba en torno al señorío o la soberanía: ¿quién es el Señor, Cristo o el César? Si el César fuera el señor, entonces el César tendría derecho a imponer impuestos, conceder licencias, regular, certificar, acreditar y controlar a Cristo y a su iglesia. Si Cristo es el Señor, entonces el César debe ser el ministro de Cristo y obedecer Su palabra (Rom. 13:1-4; Fil. 2:9-11). Pablo es enfático en que toda rodilla debe doblarse y toda lengua confesar que "Jesucristo es el Señor”.[2]
Es evidente entonces, la absoluta necesidad de distinguir estado de gobierno.[3]
Mencionando esta importante distinción, es menester profundizar en ella. Para esto, recurriremos a la vieja distinción género/especie. El gobierno representa el género, que reúne las características esenciales que tienen en común que las especies. Con especie, nos referimos a las distintas formas en que se manifiesta el gobierno entre los seres humanos.
De esta manera, el autogobierno, el gobierno de la familia, el gobierno de los padres sobre los hijos, el gobierno de una empresa u organización, el gobierno de un colegio, el gobierno de un club de fútbol, etc., son todas especies que comparten una esencia en común: su género es el gobierno.
Como podemos observar, todas estas especies representan gobiernos muy limitados e independientes[4] al tiempo que interactúan entre sí. Y como Rushdoony demostró bíblicamente, estos gobiernos son servicios y no señoríos. Sirven primeramente al Señor de toda la creación y, en segundo lugar, sirven a los hombres, y es en esto que encuentran su legítima autoridad (en el servir a los demás y no servirse de los demás). Todo gobierno humano está llamado a ser un servicio, de lo contrario, deviene en tiranía y su autoridad queda deslegitimada.
Entre todas estas especies de gobierno podemos identificar lo que los antiguos cristianos denominaron “gobierno civil” o magistrado. El cuál es el servicio de hombres, que fueron probados en fe, dominio, verdad y sabiduría, dado a la comunidad.[5] Quienes están a cargo de explicar y entregar la sanción de la ley de Dios al pueblo o comunidad. Se presentan como árbitros, sirviendo en la resolución de conflictos y señalando la justicia de la ley. No crean leyes, pues no son soberanos, pero sí administran la justicia y la ley de Dios. Ya sea enseñándola o entregando un juicio en el tribunal.
Es claro que en toda sociedad existe por necesidad la manifestación de un gobierno en la comunidad, al cual denominamos gobierno civil o magistrado. Si bien, existe por necesidad ontológica la manifestación del autogobierno y del gobierno de la familia, siempre emergerá la figura del juez o gobernador en una sociedad, pues es la forma en que Dios así lo ha determinado.
Este gobernador se manifestará en una determinada manera, dependiendo del carácter ético/moral de la sociedad, de su cultura y tiempo. Sociedades esclavas o libertinas engendrarán un gobierno civil que concentre todo gobierno, pues al negar al Dios verdadero, proyectarán en sus gobernantes soberanía (divinidad). Sociedades libres, de dominio (con autogobierno), temerosas de Dios, engendrarán gobiernos civiles tan débiles como un simple juez, sin policías ni milicia "públicas".
La naturaleza de estos gobiernos civiles debe tener una nomenclatura que las distinga.[6] Y no es preciso llamar "estado" a todos los tipos de gobiernos civiles que han existido o que han engendrado las sociedades en la historia. Hacer esto, no solo es un grave error, sino que abre la puerta a confusiones y a manipulaciones.
El gobierno civil de Israel antes de los reyes no era un "estado" tal y como hoy lo entendemos. Y tampoco lo era en los días de los reyes, ni bajo la dominación romana en los días de Cristo. El concepto de estado es reciente en la historia de la humanidad (no más de tres o cuatro siglos). Debemos distinguir claramente estos gobiernos civiles y describirlos correctamente. Si queremos comprender mejor la cuestión. En Israel existió un gobierno civil de jueces, hombres reconocidos por su virtud a quienes los hombres libres se sometían de forma voluntaria y libre. No poseían poder de coacción, ni obligaban a los hombres a someterse a su voluntad. No existía amenaza de violencia por no someterse a su gobierno. Y esto fue así porque Dios llamó a Israel de la esclavitud de Egipto a la libertad del reino de Dios. Por tanto, no padecían de un gobierno civil que concentrara en sí el dominio y gobierno. Esta es la condición que aquí denominamos anarquía de una sociedad libre, en el sentido teológico y ontológico: solo Dios posee jerarquía ontológica y entre los hombres no hay una jerarquía ontológica (todos son creaturas hechas a imagen de Dios). Una sociedad sana teológicamente hablando, es una sociedad que no tiene entre los hombres una jerarquía ontológica, sino un orden económico[7] de servicio.
Una vez que Israel, los israelitas, empezaron a hacerse irresponsables, despreciando a Dios y con ello abandonando el autogobierno y dominio, empezaron a demandar (engendraron) un gobierno civil que concentrara mayor gobierno y tuviera un poder sobre ellos (recordemos que Samuel no tenía ningún dominio, ningún poder coactivo sobre Israel como juez gobernante).
Veamos el testimonio mismo de Samuel, y del Espíritu Santo, sobre el nulo poder de coacción que tenía Samuel como representante del gobierno civil en Israel,
1Dijo Samuel a todo Israel: He aquí, yo he oído vuestra voz en todo cuanto me habéis dicho, y os he puesto rey.
2Ahora, pues, he aquí vuestro rey va delante de vosotros. Yo soy ya viejo y lleno de canas; pero mis hijos están con vosotros, y yo he andado delante de vosotros desde mi juventud hasta este día.
3Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar mis ojos con él; y os lo restituiré.
4Entonces dijeron: Nunca nos has calumniado ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre.
5Y él les dijo: Jehová es testigo contra vosotros, y su ungido también es testigo en este día, que no habéis hallado cosa alguna en mi mano. Y ellos respondieron: Así es. (1 Sam. 12:1-5).
Samuel, como juez de Israel, no poseía facultad impositiva, pues no era soberano. No tenía poder de coerción, pues era un servidor y no un señor sobre el pueblo. Y todo el pueblo atestiguó de su justicia y servicio. Si no fuera así, si realmente tuviera dominio y poder sobre el pueblo, Samuel habría decidido emprender una represión ante el rechazo de su autoridad.
Sin embargo, el pueblo de Israel tenía un corazón rebelde al Señor, y Samuel en los versículos de 6 al 11 da el contexto de su rebeldía contra Dios y Su pacto, y de cómo Dios castigaría a Israel mandando tiranos (reyes) que dominarían sobre ellos. Y una vez que Israel se arrepentía y clamaba a Dios, el Señor les enviaba jueces servidores que les liberarían.
Pero llegó el grave pecado de Israel: pedir un rey humano. Dios era el verdadero Rey y Señor de Israel. Pero Israel menospreció a Dios y quiso un rey como las demás naciones. Ya no querían clamar más a Dios, y con ello revelaron que eran pecadores que despreciaban la autoridad suprema. Querían tener a un rey humano como las demás naciones que no les hiciera ver su pecado, sino que los tratase como esclavos, como irresponsables, pero les prometiera seguridad sin exigirles santidad y responsabilidad. Y dicho rey sí que les calumniaría, agravaría y tomaría mucho de sus manos. Samuel les dice.
12Y habiendo visto que Nahas rey de los hijos de Amón venía contra vosotros, me dijisteis: No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey; siendo así que Jehová vuestro Dios era vuestro rey.
13Ahora, pues, he aquí el rey que habéis elegido, el cual pedisteis; ya veis que Jehová ha puesto rey sobre vosotros.
14Si temiereis a Jehová y le sirviereis, y oyereis su voz, y no fuereis rebeldes a la palabra de Jehová, y si tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros servís a Jehová vuestro Dios, haréis bien.
15Mas si no oyereis la voz de Jehová, y si fuereis rebeldes a las palabras de Jehová, la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres.
16Esperad aún ahora, y mirad esta gran cosa que Jehová hará delante de vuestros ojos.
17¿No es ahora la siega del trigo? Yo clamaré a Jehová, y él dará truenos y lluvias, para que conozcáis y veáis que es grande vuestra maldad que habéis hecho ante los ojos de Jehová, pidiendo para vosotros rey.
Dios aceptó la petición de Israel, a pesar de que esto era una maldad grande ante sus ojos, pues representaba el desprecio de Israel por su Dios. Sin embargo, un pueblo de mentalidad esclava merece un señor que los domine. Así que Dios le entregó dicho rey. Sin embargo, Dios no renunció a su soberanía, y el rey debía someterse a la voluntad de Dios, pues Dios nunca renuncia a Su majestad y poder (no puede negarse a Sí mismo).
El punto crucial al que queremos señalar aquí es que la concentración de gobierno que pidió Israel se presenta como un terrible pecado. Pedir un rey era pedir la concentración del gobierno en un hombre. Y a pesar de ser cierto que esta concentración es bastante menor que la que concentra hoy el estado, sigue siendo pecado y maldad ante los ojos del Señor. Dios le dijo a Samuel,
9Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos.
10Y refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey.
11Dijo, pues: Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro;
12y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros.
13Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras.
14Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos.
15Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos.
16Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras.
17Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos.
18Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día. (1 Sam. 8:9-18)
Dios ordena a Samuel advertirle al pueblo que el rey que pidieron ejercerá dominio sobre ellos y los tratará como a siervos, de quienes se servirá como señor. Tomará por la fuerza sus recursos, el fruto de su trabajo, tomará de sus hijos e hijas, y tendrá “jefes” (policías y burócratas) quienes se encargarán de diezmar y de explotar sus bienes para beneficio de la casa del rey. Y cuando se den cuenta del grave pecado que cometieron, y de las consecuencias que padecerán, clamarán al Señor, pero el Señor no los escuchará.
Sale a luz que la forma de gobierno civil sí es importante y, por tanto, debe ser distinguida y definida correctamente. La forma nos revela la condición moral de una sociedad. Decir que todas las formas en las que se presenta el gobierno civil son "estado" solo trae confusión, y la oportunidad de manipulación, de hacer del estado moderno el arquetipo de todos los gobiernos civiles. Y este no es un error menor. Porque empezaremos a medir todas las formas de gobiernos según el estado tal y como hoy lo entendemos y sufrimos.
El estado es una de las formas en las que el gobierno civil puede manifestarse, así como lo fue el rey en tiempos de Israel, en una condición de rebeldía y pecado contra el Dios soberano. Y he dicho "puede", y no que "debe". El estado representa la mayor transferencia de gobierno que han hecho los hombres a un gobierno civil, y como vimos, es una maldad ante los ojos del Señor. Cualquier concentración de gobierno es vista como pecado en las Escrituras. El estado representa la mayor renuncia de autogobierno que ha habido en la historia, y es la creación de la mayor bestia que se haya podido concebir por los siglos. Ningún imperio o reino anterior concentró tanta violencia, tanto expolio, esclavizó y asesinó tantas personas de forma sistemática, como lo ha hecho el estado moderno.
Por lo tanto, el estado debe ser distinguido de lo que es el gobierno civil. Y el gobierno civil debe ser distinguido de lo que es el gobierno. A mayor libertad, y por tanto responsabilidad y autogobierno de los seres humanos en una sociedad, el gobierno civil será tan insignificante que parecerá que no existe (como en el libro de los jueces, como el caso del juez Samuel). A mayor libertinaje e irresponsabilidad, a mayor deseo de una vida sin responsabilidad, de deseo de libertinaje a cambio de esclavitud hacia el hombre, se transferirá en la misma medida todo gobierno al gobierno civil, engendrando reinos, imperios y en casos extremos, al estado.
El estado es la forma de gobierno civil actual. Lo cual nos revela la condición moral de nuestra sociedad. No debe ser confundido con ninguna otra forma de gobierno civil manifestada en la historia. De lo contrario, será nublada la realidad en la que vivimos: en un deseo por más y más esclavitud.
Gobierno, gobierno civil y estado no son sinónimos.
[1] De aquí se desprende que el cristianismo, en lo que podríamos llamar “la esfera horizontal” (la relación entre los seres humanos), es anarquista. El cristianismo proclama la verdad de que no existe jerarquía entre los hombres porque no existe ser humano que trascienda su humanidad y tenga el derecho de ejercer dominio sobre su prójimo y ser obedecido de forma absoluta por todos los seres humanos. Todo ser humano puede ser cuestionado, sin importar su condición, con el debido respeto que exige la ley de Dios por nuestro prójimo. En cuanto a la esfera vertical (la relación entre Dios y los hombres), el cristianismo establece una jerarquía absoluta. No se acepta cuestionamiento alguno de parte del hombre hacía Dios.
[2] Rushdoony, R. J., Sovereignty. Ross House Books, 2007.
[3] Alguno se preguntará por qué no escribo estado con E mayúscula. Lo hago no por alguna regla lingüística, sino por un motivo práctico y quizá filosófico: quiero destacar la verdad de que el estado no existe. No es un ente que piense, que tenga voluntad y que actúe. Es un ídolo que, como todos los ídolos, no existe sino en el imaginario de los hombres.
[4] Por su puesto que la independencia no es absoluta, puesto que esa cualidad es solo de Dios. Pero nos referimos aquí a una independencia práctica.
[5] Las Santas Escrituras nos enseñan ampliamente las cualidades que deben poseer los hombres que ejercen este tipo de gobierno. Textos como Exo. 18:21-22; Núm. 11:16-17; Dt. 1:13-15; 16;18; 1 Tim. 3:1-7; Tit. 1:5-9; 1Pe. 5:1-4. Debemos añadir una nota aquí: tanto el pastor como el gobernante civil se les exige las mismas cualidades, pues uno debe enseñar la ley de Dios y el otro debe conocerla muy bien para juzgar con justicia. Y ambos deben estar capacitados para enseñar y juzgar. No existe el “buen gobernador” que no reconozca la soberanía de Dios sobre él. Debe someterse y servir al Señor Dios Soberano de la tierra.
[6]Se podría hacer uso de una subdistinción género/especie. Y digo subdistinción debido a que el gobierno civil ya es parte de una distinción género/especie. Si seguimos esta idea de una subdivisión, el género sería el gobierno civil, y las especies, que comparten una misma esencia entre sí (ser un gobierno civil), serian el gobierno de jueces, el reino o monarquía y el estado. Se podrían añadir algunos más, pero creo que estos engloban a todos, y van en incremento desde el gobierno más limitado al gobierno más absoluto.
[7] El concepto de “económico” posee la idea de gobierno en sí mismo en su etimología.


