Ideología, Polarización y Religión Civil
Una introducción a un marco de análisis
SESGOS Y RAZONAMIENTO MOTIVADO
Youseff Derikha
1/6/20266 min read


Por qué vale la pena hablar de “ideología” con rigor objetivo
En el lenguaje común, “ideología” suele usarse como insulto: el otro es ideológico; yo soy realista. Ese uso es, en el mejor de los casos, inútil. Si queremos comprender el fenómeno que atraviesa la vida pública chilena y en todo país de América (y sus efectos dentro del mundo cristiano) necesitamos una definición más precisa y operativa.
En la conversación política contemporánea se observa una tendencia creciente a la moralización total del conflicto: el adversario no es simplemente alguien que se equivoca, sino alguien moralmente sospechoso; por tanto, se vuelve legítimo ridiculizarlo, excluirlo o reducirlo a una caricatura. En esa estructura, la evidencia y los argumentos pasan a un rol secundario: se usan estratégicamente cuando conviene y se descartan cuando incomodan.
Lo que está en juego no es únicamente la calidad del debate. Lo que está en juego es la formación del juicio moral, la capacidad de deliberación social y, en el caso de la iglesia, la integridad del discipulado cristiano cuando se mezcla con la lógica partidista y político-nacionalista.
Este artículo presenta el marco general de un ensayo más extenso que estoy escribiendo, donde analizo el fenómeno con tres instrumentos de análisis: economía de la escuela austriaca, sociología elitista y teonomía/reconstruccionismo (Rushdoony). El objetivo no es reforzar identidades tribales, todo lo contrario; es identificar mecanismos y juzgarlos a través de la ética de la ley y el pacto de Dios.
Una definición operativa: ideología como “esquema de compresión”
Propongo trabajar con una definición funcional, útil para describir cómo operan estos discursos, sin caer en simplificaciones o caricaturas.
En términos operativos, una ideología es un esquema de compresión del mundo social: un conjunto de categorías y narrativas que,
Selecciona variables relevantes,
Reduce incertidumbre cognitiva,
Prescribe pertenencias y antagonismos, y
Provee justificaciones normativas para la acción colectiva.
Dicho de manera más directa: la ideología simplifica la complejidad social y convierte esa simplificación en un mapa de identidad y de acción.
Analicemos cada punto un poco más detalladamente.
(i) Selección de variables: qué se vuelve visible y qué queda fuera de cuadro
Toda interpretación social selecciona prioridades. Una ideología decide qué factores son “causales” y cuáles son irrelevantes o mero ruido. Esa selección no es neutral: produce puntos ciegos y define qué preguntas pueden hacerse sin ser castigado por el grupo.
(ii) Reducción de incertidumbre: cierre interpretativo y alivio cognitivo
La sociedad es ambigua, compleja, llena de incertidumbre y desde nuestra perspectiva subjetiva: probabilística. La ideología ofrece el cierre que calmaría la ansiedad que puede generar el fenómeno de la sociedad: respuestas rápidas, culpables fácilmente identificables y soluciones “obvias”. En contextos de ansiedad causada por la incertidumbre (económica, cultural, seguridad), la demanda por ese cierre aumenta.
(iii) Pertenencias y antagonismos: identidad y disciplina
La ideología no solo describe; busca clasificar. Define el “nosotros” y el “ellos”, ordena lealtades, crea señales de pertenencia. A partir de ahí, el desacuerdo suele moralizarse: el adversario deja de ser un interlocutor que puede estar errado, pasando a convertirse en un agente peligroso. No existen los matices, la complejidad que supere nuestro entendimiento personal, etc.
(iv) Justificación normativa: del relato a la legitimación del poder
Finalmente, la ideología conecta el diagnóstico con la prescripción lógica: “si el problema es X y el enemigo es Y, entonces debemos hacer Z”. Z suele ser silenciar, suprimir, atacar o eliminar a X. Este paso autoriza prácticas, normaliza medios y vuelve la obediencia al poder que controla el relato en un deber moral.
Tres lentes para entender el mecanismo
1) Economía austriaca: incentivos, acción humana y límites del conocimiento
Desde la tradición de la escuela austriaca de economía, el debate político no puede leerse únicamente como choque de ideas, sino como un campo de acción bajo incertidumbre, con costos de información y competencia por atención. Dos puntos son centrales:
Conocimiento disperso (Hayek): en sociedades complejas no existe un centro que posea todo el conocimiento relevante. Esto crea demanda por narrativas comprimidas: explicaciones totalizantes que ahorran costo cognitivo.
Propaganda como acción (praxeología, Mises): muchos mensajes no buscan verdad, sino movilización y disciplina. Su éxito se mide por conducta producida, no por precisión teórica. El medio que el ideólogo usa para movilizar a las masas es la propaganda.
En este marco, la polarización no aparece solo como “degeneración moral”, sino también como resultado de incentivos. La estridencia moviliza, el matiz no. Y la demanda por satisfacer la necesidad de cierre, genera su propia oferta: los ideologemas.
2) Sociología elitista: clase política, fórmulas legitimadoras y oligarquía
La sociología elitista, con teóricos como Mosca, Pareto, Michels, introduce una tesis que resulta incómoda para toda retórica democrática ingenua: en la práctica, las minorías organizadas tienden a dominar a mayorías desorganizadas.
Analicemos brevemente qué aportes entregan cada uno de estos teóricos al análisis.
Mosca: las élites necesitan una “fórmula política” para legitimar mando. El lenguaje puede ser secular (“orden”, “progreso”, “derechos”) pero también religioso (“defensa de la fe”, “restauración moral”). La función es la misma: convertir obediencia en virtud y disidencia en sospecha e inmoralidad.
Pareto: distingue entre impulsos persistentes (que denomina “residuos”) y racionalizaciones respetables (las que denomina “derivaciones”). La propaganda suele activar primero un impulso (residuos tales como miedo, orgullo, resentimiento) y luego suministrar la racionalización respetable (justificación moral, racionalizaciones).
Michels: formula lo que se ha denominado la “ley de hierro de la oligarquía”. En organizaciones grandes y complejas, el control tiende a concentrarse en una minoría dirigente por razones funcionales (especialización, control de agenda, recursos y comunicación). Un mecanismo clave descrito por Michels es la disciplina simbólico-moral: que convierte el desacuerdo no en una forma de pensar distinta, sino en traición.
3) Teonomía / Rushdoony: el estado como ídolo y el mesianismo político
El enfoque teológico nos entrega la herramienta normativa de ética. La modernidad tiende a convertir al estado en una instancia cuasi-religiosa. No siempre en discurso, pero sí en función: se le atribuye capacidad de salvación temporal (seguridad total, justicia absoluta, provisión) y se le concede lealtad práctica.
Desde una lectura teonómica, dos riesgos aparecen con fuerza:
Idolatría respetable: bienes reales como el orden, justicia, seguridad, estabilidad, se absolutizan hasta convertirse en criterio supremo y para mantenerlos se debe sacralizar el poder del estado.
Mesianismo electoral: se transfiere al procedimiento político una función redentora (“si gana X, se salva el país”). El resultado es un “evangelio civil”, donde la santidad se mide por alineamiento partidista y la conciencia queda atada donde Dios no la ató.
Por qué esto importa para cristianos (y para cualquier persona seria)
Este fenómeno produce efectos previsibles:
Erosión de la deliberación: la conversación se degrada a pruebas de lealtad.
Normalización del desprecio: el adversario es deshumanizado moralmente. Ya no es nuestro prójimo: es nuestro enemigo.
Captura de la iglesia: el discipulado se vuelve catequesis partidista y se cae en la lógica del poder estatal.
Ceguera moral: el fin absoluto justifica medios impropios.
Dependencia psicológica del conflicto: la identidad se alimenta del enemigo. Mientras más se aumenta la “conciencia” identidad tribal, mayor intensidad será el conflicto
Cuando la ideología domina, la política deja de ser un ámbito de prudencia y pasa a ser un ámbito de salvación simbólica y de guerra contra el “otro”.
El ensayo y la serie en video
El ensayo que estoy redactando busca desarrollar este marco con mayor detalle y aplicarlo a ejemplos típicos (incluyendo discursos cristianos politizados). Sin embargo, el texto por sí solo tiene una limitación: el fenómeno se entiende con más claridad cuando se lo ve operar “en tiempo real”.
Por eso estoy llevando a cabo una serie de videos donde explico:
cómo se construye el “enemigo absoluto”
cómo se reemplaza el análisis por señalización de pertenencia
cómo funciona la disciplina simbólico-moral en comunidades y organizaciones
cómo el estado se vuelve un ídolo funcional incluso en discursos “pro-fe”
cómo recuperar discernimiento sin caer en una neutralidad moral vacía
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La membresía es gratuita. El apoyo económico es voluntario. El apoyo de mis patreonitas sostiene un tipo de trabajo que normalmente no es rentable en el mercado del click y la viralización. Esto requiere de un análisis lento, calmado, argumentado y con implicaciones reales para la vida pública y la vida eclesial.
La cuestión que está en juego no es sobre quién “miente más” ¿La izquierda o la derecha? Esa pregunta ya presupone la lógica tribal. La pregunta que debemos hacernos es ¿estamos dispuestos a pagar el costo de la verdad cuando nos deja sin tribu?
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