La Doctrina de la Simplicidad de Dios
Un análisis sobre las implicaciones de esta doctrina en el hombre y su mundo.
TEONOMÍASOCIOLOGÍATEOLOGÍA
Youseff Derikha
6/3/20264 min read


Todo conocimiento verdadero comienza con el reconocimiento absoluto de la soberanía de Dios; empezando con Dios no como una hipótesis o una abstracción filosófica, sino como el Creador autopresente, infalible e inerrante que se ha revelado en Su Palabra-ley.
Abordar la doctrina de la simplicidad de Dios, no estamos usando la palabra "simplicidad" en el sentido actual de algo "sencillo" o "fácil de entender". Al contrario, estamos ante uno de los pilares más profundos de la naturaleza divina, el cual distingue radicalmente al Dios vivo del pensamiento pagano, humanista y de los ídolos de nuestra era.
¿Qué es la Simplicidad de Dios?
Fundamentalmente, la simplicidad de Dios significa que Dios no está compuesto de partes. Él es un ser unificado, absoluto y enteramente idéntico a Sí mismo. Este lo distingue de forma absoluta con la creación o creatura.
El hombre, como toda criatura, es un ser compuesto: usted y yo tenemos un cuerpo compuesto por partes divisibles (mente, emociones, cabeza, manos, agua, sangre, células, átomos, etc.); poseemos atributos que pueden cambiar, crecer o disminuir. Podemos tener más o menos sabiduría hoy que mañana. Pero en Dios, esto es imposible.
Dios no "tiene" atributos; Dios ES Sus atributos.
Dios no tiene amor; Él es amor.
Dios no tiene justicia; Él es justicia.
Dios no tiene ley; Su Ley es la expresión perfecta de Su propio ser y santidad.
Por lo tanto, todos los atributos de Dios son co-extensivos y uno con Su esencia. Su justicia es perfectamente misericordiosa, y Su misericordia es perfectamente justa. No hay conflicto interno en la Deidad, ni partes que puedan separarse o entrar en oposición.
Una aclaración fundamental es la siguiente: Cada atributo en Dios es la esencia misma de la persona de Dios; por tanto, no hay tal cosa como un principio abstracto de amor, justicia o verdad que rijan la conducta de Dios: Dios es el principio, definición y fundamento del amor, justicia y verdad.
La Raíz del Error
El pensamiento pagano y la filosofía apóstata siempre intentan fragmentar a Dios. Al hacerlo, buscan rebajarlo a la categoría de una criatura para poder manipularlo. Si Dios estuviera compuesto de partes, si Su amor pudiera separarse de Su justicia, entonces el hombre podría apelar a un atributo en contra de otro.
Esto es precisamente lo que hace el estatismo idólatra y la iglesia apóstata de nuestros días. Predican y promueven un "dios de puro amor" desprovisto de Su Ley y de Su justicia, dejando en manos del ser humano, creatura, la definición de la justicia y la ley.
Al fragmentar la naturaleza de Dios, los humanistas, tanto en sus variantes explícitamente ateas como en sus manifestaciones pietistas dentro de la iglesia, destruyen el fundamento mismo de la verdad absoluta. Si los atributos del Creador fueran piezas compuestas o intercambiables, Dios sería mutable, el tiempo gobernaría soberanamente sobre la eternidad y la soberanía divina quedaría anulada.
Una vez que se presupone un dios mutable, la soberanía es transferida automáticamente a la criatura, legitimando el mito de nuestro siglo: la democracia pura y el relativismo estatal. Bajo esta premisa, la moralidad deja de ser la transcripción del carácter eterno de Dios para convertirse en un producto de la voluntad mayoritaria o el capricho del Leviatán, del Moloc estatal. Esto explica la trayectoria de las democracias occidentales modernas: códigos legales que antes penaban la homosexualidad como un delito contra el orden social, hoy han sido derogados. Al capitular ante la soberanía del hombre, el Moloc estatal no solo legitima la perversión, sino que se erige a sí mismo como el nuevo legislador supremo, el Moloc de nuestra era.
La caída del hombre consistió en el deseo de ser su propio dios; de ser el estándar del bien y del mal (Gén. 3:5). Para que el hombre pueda erigirse como soberano, primero debe intentar "desarmar" al Dios verdadero, asumiendo que Su ser es divisible o comprensible bajo las categorías de la lógica humana caída. La simplicidad divina destruye esta pretensión: Dios es el fundamento absoluto y totalmente unificado de toda la realidad.
Implicaciones
Como podemos ver, esta doctrina no es una mera especulación teológica; tiene consecuencias directas, prácticas y demoledoras sobre cómo debe vivir el hombre y cómo debemos entender la ley en la tierra.
La Inmutabilidad de la Ley Bíblica: Si Dios es simple, Su carácter es indivisible e inmutable. Dado que la Ley Bíblica es la transcripción jurídica de Su carácter santísimo aplicable a la creación, la Ley de Dios no puede cambiar, expirar ni ser abolida. Quienes afirman que el "Dios del Antiguo Testamento" era un Dios de ley y juicio, mientras que el "Dios del Nuevo Testamento" es solo gracia, violan flagrantemente la doctrina de la simplicidad de Dios. Dividen la Deidad en épocas y atributos en conflicto (mostrando que el soberano es el tiempo, la creatura, y no Dios). Sin embargo, tal y como se autorevela Dios nuestro Señor, Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb. 13:8). Su exigencia de justicia y santidad en la sociedad humana sigue tan vigente hoy como en el Sinaí.
La Destrucción de la idea del Estado (El Moloc Moderno): El estado totalitario moderno, ese Moloc que reclama como suyo los hijos, las propiedades y el diezmo de los hombres a través de impuestos confiscatorios, se presenta a sí mismo como un ser pseudo-divino. Intenta unificar toda la sociedad bajo su propio poder, fragmentando las esferas de gobierno legítimas (la familia, la iglesia y el gobierno civil local bajo Dios). Al comprender la simplicidad y soberanía exclusivas de Dios, entendemos que ninguna agencia humana tiene derecho a centralizar el poder absoluto. Solo Dios es el ser absoluto y simple; las instituciones humanas son finitas, descentralizadas y están estrictamente gobernadas y limitadas por la Palabra-ley de Dios.
Conclusión
No podemos estudiar a Dios dividiéndolo en partes para examinarlo bajo el microscopio de la razón humana autónoma. Debemos presuponer al Dios que se revela a Sí mismo en las Escrituras en Su totalidad unificada. Él es el Todo-Suficiente, el fundamento de la existencia.
Volvernos a Dios, reconocerle como el único y legítimo soberano del mundo, cuando aplicamos la reconstrucción cristiana en toda la realidad, en nuestras vidas, en la familia, en el gobierno, en la economía, en las ciencias y en las instituciones, podremos decir que verdaderamente estamos sirviendo a un Dios cuyo ser es perfectamente coherente, cuya Palabra es absoluta y cuyo Reino avanzará de manera inconmovible hasta que todos Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies (Sal. 110:1).
