La Herejía de la Salvación Política

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Youseff Derikha

3/1/20265 min read

Llamo “salvación política” a la doctrina, a veces explícita, casi siempre emocional, que promete libertad, redención y “futuro” por medios políticos: el gobernante correcto, la ley correcta, la revolución correcta, el presupuesto correcto, el enemigo correcto, el partido correcto. Es una herejía teológica de primer orden porque traslada al ámbito del poder humano lo que pertenece exclusivamente al reinado de Cristo. Y es, precisamente por eso, una idolatría particularmente perniciosa, pues no se presenta como “otro dios”, sino como un atajo práctico hacia el bien supremo.

En los días del ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo, Israel no carecía de las Santas Escrituras; carecía de temor de Dios. Gran parte de los líderes había vaciado la Ley y los Profetas de su propósito central: confrontar al hombre con su rebelión, revelar su culpa, y llevarlo a una esperanza que no nace del brazo humano sino de la promesa divina. En su lugar, se instaló una expectativa esencialmente humanista y política: la convicción de que el problema del pueblo era, en lo fundamental, político (Roma) y que la solución debía ser, por tanto, política (un Mesías como instrumento de liberación nacional).

Ese clima produjo “versiones” rivales de la misma ilusión. Fariseos y saduceos, cada uno a su manera, administraban la vida religiosa dentro de arreglos de poder; los zelotes, con mayor coherencia sangrienta, querían la liberación por la violencia. Distintos métodos, mismo altar a Moloc: la confianza en el poder terrenal como fuente de salvación. Y cuando esa fe se apodera del corazón, incluso los textos sagrados se instrumentalizan en propaganda.

El evangelio de Juan ofrece una escena que nos puede dar luz al respecto. Tras la multiplicación de los panes y los peces, la multitud concluye que ha encontrado al proveedor perfecto, alguien con poder suficiente para garantizar “bienestar” sin fin. ¿Qué hace el Señor? No negocia el diseño del nuevo programa social; simplemente se retira. Juan dice que, al percibir que querían hacerlo rey “por la fuerza”, Jesús se apartó (Jn. 6:15). Esta retirada es un claro juicio. Es Cristo rechazando, de manera frontal, el intento humano de convertirlo en herramienta del poder político.

Más adelante, frente a Pilato, el Señor pronuncia una frase que destruye el sueño político-mesiánico en su raíz: “Mi Reino no es de este mundo” (Jn. 18:36). El punto no es que su Reino sea “espiritual” en el sentido moderno y pietista, privado, subjetivo, personal y sin consecuencias públicas. El punto es de origen y legitimidad: su autoridad no deriva del Senado romano, ni del Sanedrín, ni de la espada revolucionaria, ni del consentimiento de las masas. Su Reino no “procede” de este mundo; procede del Dios trino. Por eso no puede ser fundado, extendido o garantizado por la coerción humana como si fuese un proyecto de ingeniería social.

Todo el evangelio nos revela que el problema fundamental del hombre no es su entorno político; es su pecado; su rebelión contra su Creador. Roma era un imperio real, opresivo en múltiples formas, sí. Pero el Señor no trató a Roma como la raíz última del mal humano (de hecho, Roma es una consecuencia de la rebelión y el pecado de Israel). Señaló el corazón humano como el centro de la rebelión. Cuando Cristo desplaza el eje del conflicto (de “nuestros opresores” a “nuestro pecado”), destruye el fundamento de la confianza e idolatría en los medios políticos y en la fuerza y poder del hombre. Y por eso lo odiaron y desearon su muerte: no porque sea “apolítico”, sino porque es absolutamente soberano.

La elección de Barrabás por sobre Cristo revela el corazón de esta apostasía. Barrabás no era un simple ladrón. Los evangelios lo vinculan con insurrección y violencia (Mc. 15:7; Lc. 23:19), y Juan lo denomina “ladrón” (Jn. 18:40) en un sentido que, en ese contexto, no describe a un ratero, sino al bandido insurgente: el hombre de la causa, el guerrillero con sangre en las manos. Barrabás encarna la “salvación política” en su forma más honesta: liberación prometida mediante violencia, propaganda y derramamiento de sangre.

Por eso la escena es tan teológica. El pueblo no eligió entre “dos estilos de liderazgo”; eligió entre dos reinos. Al gritar “¡No tenemos más rey que César!” (Jn. 19:15), sellaron una declaración de lealtad: prefirieron el imperio humanista y su lógica de poder antes que al Señor del pacto. Es difícil imaginar una frase más suicida espiritualmente. Negar al verdadero Rey para someterse al ídolo imperial era auto sentenciarse a la pena de muerte. Y nótese la ironía: la misma multitud que exige una liberación política termina confesando como rey al símbolo de su opresión. La idolatría siempre cobra caro, y casi siempre cobra con sarcasmo (“El Señor se burlará de ellos” dice el salmo 2, y esto puede ser una forma providencial de cómo el Señor se burla).

Ahora, si esto fue el espejo de Israel entonces, es también el espejo de la iglesia hoy, el nuevo Israel de Dios. Cambian los nombres, se repite el patrón. Nuestro tiempo vuelve a ofrecer “mesías” a diestra y siniestra: el caudillo que “por fin pondrá orden y nos salvará”, el tecnócrata que “por fin hará funcionar el sistema”, el revolucionario que “por fin hará justicia”, el burócrata que “por fin protegerá a los vulnerables”. Y el “estado” moderno, ese proyecto que se atribuye soberanía, exige liturgia civil, poder totalizante y pretensión providencial, se ofrece como el gran mediador de salvación: seguridad, pan, identidad, futuro. La vieja tentación de Juan 6, pero ahora con un presupuesto exorbitante y decretos institucionales “legítimos”.

La “salvación política” no es un vicio exclusivo de la izquierda, lo es de igual manera de la derecha. Es la religión común del estatismo. La izquierda suele adorar al “estado” como redentor social; la derecha, como poderoso guardián identitario o moral. Discrepan en qué violencia llaman “legítima”; coinciden en creer que la violencia organizada puede producir el bien supremo. Ambos caminos, al final, te piden fe: fe en el príncipe, fe en el aparato, fe en la violencia y el poder humanista. Y la Escritura es tajante: “No confiéis en príncipes” (Sal. 146:3). Cuando la política se convierte en esperanza soteriológica estamos ante una idolatría.

Nada de esto implica quietismo, indiferencia o fuga de responsabilidades. Implica orden teológico y epistémico. La coerción humana puede contener ciertos males externos; no puede regenerar el corazón ni traer liberación a pueblos. Puede castigar delitos; no puede crear justicia y libertad en el sentido bíblico. Puede administrar un territorio; pero no puede otorgar reconciliación con Dios. Confundir esos planos es convertir el gobierno civil en sacramento y al gobernante en mediador. Y eso es un acto de cualquier anticristo: usurpar funciones que pertenecen a Cristo.

La pregunta no debiera ser “¿qué candidato nos salva?” sino “¿a quién adoramos cuando tenemos miedo?, ¿En quién confiamos cuando estamos bajo opresión?”. Barrabás siempre aparece cuando el pueblo quiere resultados sin arrepentimiento. César siempre parece razonable cuando Cristo amenaza nuestros ídolos y revela la verdadera naturaleza ética de nuestros corazones. Y la iglesia siempre se corrompe cuando predica un evangelio que promete lo que solo el trono de Cristo puede dar, haciéndose con ello, anatema..

La libertad real no encuentra su raíz en el estado ni en el parlamento; nace del Señorío de Cristo. Cuando la iglesia olvida esto, termina crucificando al Salvador en nombre de una causa “justa”, y aplaudiendo a un Barrabás con tal de sentirse protegida. Y ese es el signo de una generación que cambió el Reino por la maquinaria del poder.