La Iglesia y su Batalla
Youseff Derikha
3/1/20262 min read


Un verdadero maestro de las Escrituras comprende que la iglesia no es una asociación religiosa entre muchas, sino una nación santa, un reino bajo pacto, regido por una ley que proviene de su Rey (1 Pe. 2:9; Is. 33:22). Pero precisamente por esa naturaleza pactual, sabe también que su guerra no es contra sangre y carne (Ef. 6:12).
La iglesia no ha sido llamada a destruir seres humanos (ni celebrar o justificar la destrucción de seres humanos). Los hombres no son el enemigo ontológico del cristiano. El enemigo es Satanás y la mentira que desde el principio ha sembrado en la historia. La lucha es contra principados, potestades y sistemas de pensamiento que se levantan contra el conocimiento de Dios (2 Co. 10:4–5). Las personas son el campo de esa batalla, no el blanco de nuestra destrucción.
En nuestra época, esa rebelión se ha cristalizado en formas doctrinales concretas. Una de ellas es la doctrina del estado-nación soberano, que pretende atribuir a una entidad política una soberanía que pertenece exclusivamente a Cristo. Esa pretensión no es neutral: es una reivindicación teológica. Cuando el estado reclama autoridad última sobre la ley, la moral y la vida, está usurpando un trono que no le pertenece. Lo mismo ocurre con las distintas expresiones del socialismo y del comunismo, que absolutizan la colectividad y subordinan al individuo creado a imagen de Dios. Y el viejo humanismo, desde Adán, pasando por Protágoras hasta sus versiones contemporáneas, coloca al hombre como medida de todas las cosas, desplazando la norma trascendente de la ley y revelación divina.
Sin embargo, la lucha de la iglesia no consiste en alinearse con la derecha contra la izquierda, ni en sustituir una hegemonía política por otra. La iglesia no tiene vocación de partido. No favorece ningún poder humano como fuente de orden. Su lealtad es pactual y sellada en sangre con el único Señor del mundo: Jesucristo. Toda otra autoridad es derivada, limitada y juzgable.
Esto implica una distinción crucial: quienes no reconocen a Cristo no son nuestros enemigos en sentido personal. Son, antes que nada, esclavos del pecado y de la mentira, como todos lo fuimos. Son rebeldes, sí; pero también portadores de la imagen de Dios. Esa doble realidad impide tanto la idolatría política como la deshumanización del adversario.
El mandato de amar al prójimo no es sentimentalismo moral, no nos ordena a senitr cosas bonitas sobre mi prójimo. No consiste en cultivar emociones agradables hacia quien discrepa. Amar es actuar conforme a la ley de Dios en favor del otro: respetar su vida, su integridad y su dignidad como imagen divina; no ejercer violencia injusta; no manipular; no mentir; no despojar. Y, sobre todo, buscar su bien último, que es la reconciliación con Dios mediante el evangelio.
El amor cristiano, entonces, no es pasividad ni complicidad con el error. Es servicio sacrificial. Es dar y entregarse sin esperar retorno político, reconocimiento social o poder institucional. La iglesia vence no cuando conquista estructuras, sino cuando permanece fiel a su Rey, proclamando la verdad y viviendo conforme a ella.
Y casi siempre, salvo excepciones extraordinarias, esa iglesia fiel está fuera de la estructura eclesiástica institucional.
