La Política Estatal

La política estatal (humanista en su raíz) pervierte la fe cristiana porque desplaza el eje del problema humano. Reemplaza el problema moral (pecado vs obediencia) por una pregunta de poder (quién controla el monopolio de poder político?), y luego predica esa disputa (derecha vs izquierda) como si fuera el drama central de la historia.

Youseff Derikha

1/10/20268 min read

La Adoración al Poder

Occidente vive una era de apostasía institucionalizada. Sí, digo apostasía porque su institucionalidad fue fundamentada en el evangelio Cristo a través de la obra de hombres, hombres tan sujetos al pecado como usted y como yo, pero que honraron a Dios y a Su palabra. La apostasía es la defección consciente y deliberada de la fe verdadera, es decir, el abandono de la obediencia al Dios vivo y de Su palabra-ley después de haber estado bajo la luz del pacto. Y Occidente se construyó estando bajo la luz de la palabra de Dios.

No creo que nadie se atreva a rebatirme que Occidente, en términos institucionales, ha apostatado. Ninguna de sus más relevantes instituciones invoca al Señor como su Soberano. Todas son "neutrales" contra Cristo.

Este proceso de apostasía comenzó bajo el desarrollo de la idea del estado. El estado, esa institución idolátrica y abstracta de gobierno, ha usurpado el trono de Dios, y lo ha hecho conquistando el corazón de los hombres occidentales de tal modo, que ya no son capaces de ver la absoluta incompatibilidad del estado con la religión cristiana.

Toda ley es moralidad aplicada, y toda moralidad es teológica, pues se fundamenta en una autoridad trascendente: Dios.. Por lo tanto, el orden político no puede ser jamás neutral; es una expresión de la religión subyacente de una sociedad. De la religión establecida en la sociedad. Cuando esa religión deja de ser el cristianismo bíblico (y en Occidente el cristianismo no está de moda), inevitablemente se convierte en humanismo, y el dios del humanismo es el estado. El estado es un dios creado a imagen del hombre (como todo ídolo: refleja los deseos y aspiraciones del hombre).

La premisa que quiero analizar brevemente aquí es que la política estatal, humanista en su raíz, al haber sido abrazada por la iglesia, ha pervertido la fe cristiana al desplazar el eje del problema humano. Ha reemplazado el drama que el cristianismo señala, el del pecado y la redención, por el drama pagano de la lucha por el poder.

1. El Desplazamiento del Pecado.

Las Escrituras declaran tajantemente que el problema fundamental del hombre es su enemistad contra Dios. "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). El hombre es un pecador porque ha quebrantado el pacto y la ley de Dios, y su necesidad primaria es la regeneración por el Espíritu Santo y la obediencia a la Palabra-ley de Dios.

Sin embargo, el humanismo niega la Caída histórica y la rebelión original del hombre. El humanismo establece la visión ambientalista del hombre (el ambiente define y determina al hombre), lo cual obliga, lógicamente, a la necesidad de convertir al estado en un dios predestinador totalitario. Si el entorno hace al hombre, entonces el estado, para perfeccionar al hombre, debe controlar totalmente el entorno.

Esto conduce inevitablemente al totalitarismo, ya que, para “salvar” al hombre, el estado debe ejercer una soberanía divina sobre cada factor del entorno humano, usurpando así el papel de la providencia de Dios. Al negar el pecado original, el estado debe localizar el mal en una clase social, en un grupo económico o en una facción política opuesta.

Esto transforma la teología en sociología y la soteriología (la doctrina de la salvación) en política. Si el problema no es ético (pecado), sino técnico o ambiental (falta de recursos o poder), entonces la solución no es Jesucristo, sino César. La pregunta moral "¿Qué requiere el Señor de ti?" (Miqueas 6:8) es suplantada por la pregunta de poder: "¿Quién controlará el aparato coercitivo del estado para rehacer la sociedad?".

De esta manera, el estado moderno se presenta como el agente de salvación. Pero como todo dios falso, el estado exige sacrificios. Al prometer seguridad y salvación social, el estado exige soberanía total, obediencia y adoración, convirtiéndose en el Moloc de nuestra era, devorando a nuestros hijos a través de la educación estatista y la deuda pública.

2. La Dialéctica Izquierda/Derecha como Religión

El resultado de haber abandonado la Ley de Dios y abrazar la teología del estado, fue caer en la trampa de la dialéctica hegeliana. Se nos predica el drama de la historia como una lucha entre la "Derecha" y la "Izquierda". Esto, por su puesto, es una mentira satánica. Ambas facciones operan bajo la misma premisa humanista: que el hombre, a través del estado, es soberano y capaz de definir el bien y el mal (Génesis 3:5).

Esta lucha política se convierte en el problema y la liturgia centrales de la sociedad. En lugar de adorar al Dios Trino en espíritu y verdad, el hombre moderno participa en rituales electorales donde espera que un cambio de administración traiga ya no el Reino de los Cielos a la tierra, sino el orden anhelado por el partido. Tres consecuencias se desprenden de esta apostasía,

Primero, la justicia es redefinida. En la Escritura, la justicia es inmutable; es la conformidad a la ley moral de Dios. En la política del estado humanista, la justicia se convierte en la voluntad del bando vencedor.

Segundo, la militancia sustituye a la conversión. Ya no se busca que el hombre muera al pecado y viva para la justicia (1 Pedro 2:24), sino que se aliste en el partido para suprimir y destruir al adversario político en la “batalla cultural” que no tiene fin, porque institucionalmente el estado no puede vivir sin la dialéctica izquierda/derecha, pues es el corazón y origen del estado humanista.

Tercero, esto crea una liturgia de alienación y expiación pagana. Dado que el humanismo rechaza al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la sociedad debe buscar constantemente un chivo expiatorio humano (el rico, el inmigrante, el izquierdista, el conservador, el fascista, el comunista) a quien culpar y sacrificar para purgar los males sociales. El prójimo deja de ser una criatura hecha a imagen de Dios a quien debo amar y servir en los términos de la Ley de Dios (Levítico 19:18), y se convierte en un obstáculo para la utopía política de mi partido; en un sospechoso, un "enemigo del pueblo". La política de culpabilidad y piedad (y Rushdoony escribió un libro titulado Politics of Guilt and Pity) utiliza la culpa no para llevar al hombre a la Cruz, sino para manipularlo y expropiarlo en nombre de la "justicia social" o del “Orden y Patria”.

3. Monopolio de la Violencia vs. Dominio Piadoso

La idea de que la justicia la decide quien controla el instrumento de violencia (el estado) es un retorno a la barbarie pagana. La Biblia establece que el gobierno civil es un ministerio de justicia limitado, un "servidor (diácono) de Dios para nuestro bien" (Romanos 13:4), encargado de castigar a los malhechores según la ley revelada por Dios, y no para moldear la sociedad según una agenda ni de redistribuir la riqueza.

Cuando la iglesia adopta esta visión humanista del estado, comete adulterio espiritual y confunde la Ley con la Gracia. El estado no solo ha usurpado al humilde gobierno civil, el cual es un ministerio de justicia (la espada) y no de gracia (caridad y redistribución), sino que se ha colocado en el lugar de Dios, reclamando soberanía, predestinación y la capacidad de rehacer al hombre a voluntad. Al intentar dispensar “gracia” mediante la violencia, el estado se convierte en una monstruosidad que destruye tanto la justicia como la caridad verdadera.

La iglesia, al legitimar e incorporar en su dogma y confesión la teología del estado, se convierte en una iglesia apóstata y prostituída. Deja de predicar "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mateo 4:17) y comienza a predicar un evangelio social que es, en realidad, una capitulación ante el poder temporal. Ya sea que busque atender a los enfermos y a los pobres a través de una redistribución de la riqueza (izquierda), o que busque traer orden y paz en los términos del humanismo (derecha).

Y no es que la izquierda y la derecha sean distintas en esencia. Solo se distinguen en su énfasis. La primera enfatiza la redistribución de la riqueza para atender a los necesitados. La segunda enfatiza el orden para traer paz. Pero ambos están de acuerdo en lo fundamental: el estado es el determinante y predestinador de la sociedad.

La verdadera respuesta cristiana es el evangelio del reino de Dios, el reconstruccionismo cristiano. Como cristiano no es nuestro proyecto capturar la maquinaria del estado humanista para imponer nuestra voluntad por la fuerza revolucionaria, ya sea para atender a los necesitados o para crear un orden de paz. Buscamos la regeneración de los hombres, quienes luego de convertirse, gobiernan sus propias vidas, familias, iglesias y vocaciones bajo la Ley de Dios. El verdadero gobierno comienza en el autogobierno bajo Dios.

4. La "Batalla Cultural"

Hemos visto surgir en tiempos recientes lo que se ha denominado la "batalla cultural". Muchos cristianos bienintencionados se han lanzado a esta arena creyendo que defienden la fe. Sin embargo, en gran medida, esta batalla se ha convertido en una validación e intensificación del humanismo ¿Por qué? Porque acepta la premisa de esta dialéctica que hemos denunciado: que la cultura se determina mediante el poder político y no mediante la fidelidad a Cristo y su palabra-ley.

La cultura es religión operativa. Si el corazón de un pueblo es humanista, su cultura será humanista. La batalla cultural actual es un intento vano de preservar una civilización de flores cortadas. La derecha política quiere disfrutar de la belleza de las flores (orden, moralidad, familia) después de haberlas cortado de su raíz vital (el Dios trino y Su palabra-ley). Sin la raíz, las flores inevitablemente se marchitan y mueren, sin importar cuántas leyes se aprueben para sostenerlas. Quieren la moral cristiana sin el Dios del Cristianismo.

El resultado es que esta “batalla cultural” intensifica la dialéctica de derechas e izquierdas porque ambas facciones recurren al estado como árbitro final de la cultura. La izquierda usa al estado para imponer una moralidad de perversión y secularismo. La derecha, a menudo, busca conservar su estatus y usa al estado para imponer "valores conservadores" vagos, desconectados de la Ley de Dios revelada que ellos mismos han negado.

El resultado es que el estado se fortalece. Se convierte en el instrumento indispensable para ambos bandos. Así, la "batalla cultural" no desafía al ídolo del estatismo; lo alimenta. Instrumentaliza al cristianismo, o lo convierte en una mera ideología política más, una facción en disputa por la bendición y aprobación de César. Pero Cristo no es un candidato político; Él es el Rey de Reyes. No competimos por el control del estado humanista; trabajamos para vaciarlo de su poder ilegítimo y desmantelar al ídolo, y establecer el gobierno de Dios en nuestras propias esferas de jurisdicción.

Conclusión

El conflicto actual es presentado por parte de los humanistas de izquierda y derecha, como un conflicto entre partidos políticos. Pero la realidad es que el conflicto es entre dos dioses: el Dios de las Escrituras y el Moloc de nuestra época: el estado. Mientras el hombre busque la salvación a través de la política (de Moloc), seguirá atrapado en una espiral de violencia y alienación.

La paz y la verdadera justicia solo vendrán como resultado de haber reconocido que "de Jehová es el reino" (Salmos 22:28) y que toda rodilla debe doblarse ante Cristo, no ante César. Debemos rechazar la falsa antítesis de derecha/izquierda y sostener la verdadera y única antítesis: la obediencia a la Ley de Dios versus la rebelión del hombre contra Dios. El estado no es Dios, es un ídolo. Y como tal, debe ser desmantelado y reemplazado por el verdadero gobierno civil: el que se somete a Dios nuestro Señor (Soberano).

Aunque la oscuridad parezca avanzar, sabemos que el humanismo lleva en sí mismo la semilla de su propia destrucción. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia, y la historia se mueve, bajo la mano soberana de Dios, hacia la victoria de Su Reino y Su Ley.