La Raíz Teológica del Socialismo
El socialismo es una manifestación del pecado original: desear ser como Dios.
COSMOVISIÓN
Youseff Derikha
5/8/20244 min read


Romanos 8:7 nos enseña que el término griego echthra (traducido como "enemistad") también puede ser traducido como "odio". Esta precisión es fundamental para entender la naturaleza espiritual de la rebelión humana. El hombre natural, en su estado caído, no es neutral para con la persona Divina: lo odia. Este odio se manifiesta en una actitud activa de guerra contra su Creador, un deseo profundo de emanciparse de toda autoridad divina y de establecerse a sí mismo como dios.
La Escritura nos revela desde el principio en Génesis 3:5, Satanás ofrece al hombre la tentación suprema: "seréis como Dios, conociendo el bien y el mal". El pecado original no fue simplemente una desobediencia aislada, sino un acto de insurrección ontológica: el deseo del hombre de usurpar el trono de Dios, establecer su propia ley, y definir su propia realidad.
Este impulso se describe teológicamente en las Escrituras como anomia, ilegalidad o negación de la ley. No simplemente se quebrantan mandamientos particulares, sino que se rechaza el concepto mismo de ley objetiva proveniente de Dios. El hombre desea construir un orden, y una realidad, alternativo, donde sea él, y no Dios, quien determine qué es bueno, qué es malo, qué es justo y qué es verdadero.
El socialismo como manifestación política de la anomia
El socialismo, en todas sus variantes (ya sea de derecha o de izquierda), es una cristalización política de esta rebelión manifestada en nuestros días en la idea de estado. En lugar de aceptar el orden espontáneo y descentralizado que surge de la libre interacción de los individuos bajo los principios del derecho y contratos voluntarios, un orden que refleja indirectamente la providencia de Dios, el socialista pretende diseñar de antemano toda la vida social y económica mediante una planificación centralizada, donde el estado (manejado por los socialistas), define, determina, predestina y planifica la sociedad.
No es casualidad que el socialismo se levante explícitamente contra dos pilares fundamentales del orden social Divino: la propiedad privada y la libre cooperación humana. Ambos son expresiones concretas de la libertad del hombre bajo ley, elementos que el socialista rechaza porque, en su cosmovisión caída, el hombre debe ser liberado no sólo de Dios, sino de toda estructura que limite su propio poder creativo autónomo. Y los principios generales del derecho, la propiedad, libertad y contratos libres van en contra de la planificación del socialista.
El teorema de la imposibilidad del cálculo económico y el pecado original
Ludwig von Mises, en 1920, demostró en su famoso ensayo sobre el cálculo económico en el socialismo que la planificación centralizada es absolutamente imposible. Sin precios de mercado generados por la propiedad privada de los medios de producción en el libre intercambio de hombres libres, el planificador no puede saber cuál es el uso más eficiente de los recursos. Los precios no son simples etiquetas: son portadores de información dispersa y compleja acerca de las valoraciones subjetivas de millones de individuos. Sin este sistema de señales, el planificador es como un ciego en un bosque: puede avanzar, pero no sabe hacia dónde ni a qué costo. De igual manera, el planificador socialista se asemeja a los hombres de la torre de Babel: intenta construir un orden grandioso basado en su propia sabiduría, pero es inevitablemente confundido por la Providencia Divina. Así como en Babel los hombres vieron frustrado su proyecto por no poder comunicarse ni coordinarse, el socialista ve frustrado su plan por la imposibilidad de coordinar la información dispersa sin el lenguaje espontáneo de los precios libres. La confusión, el desorden y el colapso no son accidentes: son el juicio ineludible de Dios sobre la soberbia humana.
Aquí se revela la ironía trágica: el pecado original lleva al hombre a querer "ser como Dios", planificar el todo desde un centro de poder. Pero en su naturaleza de creatura, y estando caído, el hombre desea lo que no puede poseer: la omnisciencia necesaria para ello. El teorema de Mises no sólo es un argumento económico, sino una revelación teológica: el hombre, en su rebelión, pretende hacer lo que sólo Dios puede hacer, ordenar toda la realidad de forma coherente y eficiente, pero inevitablemente fracasa.
La imposibilidad del cálculo económico no es sólo un problema técnico, es un juicio de Dios sobre el orgullo del ser humano caído. Es la confirmación de que la criatura no puede ocupar el lugar del Creador sin precipitarse en el caos y la destrucción. El socialismo no fracasa accidentalmente; fracasa necesariamente, porque está edificado sobre la mentira que se quiere creer el hombre: la autosuficiencia humana.
Conclusión
El socialismo no es simplemente una mala política económica: es la expresión política de la anomia espiritual del hombre. Es un acto de guerra contra el orden creado, un intento de instaurar un mundo donde el hombre sea su propio dios, su propio legislador, su propio planificador central. El fracaso inevitable del socialismo, demostrado empírica y teóricamente, es un recordatorio de la verdad eterna: el hombre no fue hecho para gobernarse a sí mismo de manera autónoma, sino para vivir bajo la ley justa y sabia de Dios
