La Tiranía del Impulso y la Búsqueda de Certeza

El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. (Lc. 6:45)

SESGOS Y RAZONAMIENTO MOTIVADOCOSMOVISIÓN

Youseff Derikha

1/4/20262 min read

El espíritu impulsivo y el juicio apresurado no son meros rasgos de carácter; son las manifestaciones visibles de un hombre que ha repudiado el gobierno de Dios —la teonomía— para someterse a la tiranía de sus propios afectos. La Ley de Dios exige el debido proceso, la investigación diligente y serena, el discernimiento sabio y la deliberación paciente. El juicio apresurado es, en esencia, una usurpación de la divinidad: el hombre presume que, cual Dios, puede escudriñar los corazones y conocer los hechos instantáneamente, prescindiendo de testigos y despreciando la norma objetiva de la Escritura.

La sabiduría bíblica advierte severamente contra esta imprudencia:

"Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda." (Proverbios 25:28)

"Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio." (Proverbios 18:13)

"Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios." (Santiago 1:19-20)

"No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios... por tanto, sean pocas tus palabras." (Eclesiastés 5:2)

Estas actitudes son las marcas distintivas de una cultura que ha perdido su anclaje en Dios. Cuando el hombre rechaza la Ley objetiva divina, queda abandonado a su propia subjetividad. El resultado inevitable es una sociedad gobernada por la tiranía emocional, donde la "verdad" es dictada por quien grita más fuerte o siente con mayor intensidad.

Subyacente a este caos, existe una profunda ansiedad por respuestas. La demanda contemporánea de "soluciones inmediatas" es, en el fondo, la manifestación teológica de una herejía: la creencia de que el hombre es el soberano del tiempo y debe ejercer un dominio absoluto sobre su circunstancia presente. Al negar la predestinación divina, el hombre intenta arrogarse el papel de predestinador. Sin embargo, al no ser Dios, es incapaz de controlar el futuro. Este abismo entre su pretensión de omnipotencia y su realidad finita engendra una ansiedad insoportable. El hombre exige el "paraíso ahora" (la inmediatez) precisamente porque carece de fe en el gobierno providencial de Dios sobre la historia.

Cuando la percepción de amenaza se intensifica, ya sea por el crimen, crisis económicas o el colapso cultural, aumenta la preferencia por líderes dominantes, prepotentes, que proyecten poder. No se les busca porque solucionen los problemas, sino porque calman la angustia. Dado que el hombre se sabe incapaz de controlar su destino, encuentra alivio proyectando en un tercero ese poder del que carece.

Así, el "hombre fuerte" emerge para administrar un narcótico potente: la certeza. Esta droga, droga de las duras, provoca que cualquier comportamiento pernicioso, indecente o incluso criminal del líder sea justificado por las masas, quienes encuentran en él la seguridad que su falta de fe les niega.

Como cristianos, debemos mortificar el impulso de reaccionar carnalmente y de buscar respuestas inmediatas fuera de la Ley de Dios. Debemos ser hombres de ley, no de ímpetu. La verdadera libertad no consiste en obedecer los caprichos repentinos del sentimiento, ni en someterse a un caudillo, todo lo cual es esclavitud al pecado, sino en poseer la capacidad disciplinada, paciente, de entender los tiempos y de ejecutar sabiamente la voluntad revelada de Dios.