Los «Derechos» del Hombre

Capítulo XIV:12 de la Teología Sistemática

TEOLOGÍATRADUCCIÓNTEONOMÍA

Rousas John Rushdoony

1/30/20267 min read

Hace unos 40 años, tal vez más, cuando yo era algo más joven, pasé una o dos horas discutiendo con un joven artista deliberadamente bohemio. Su talento era real, pero tenía pocas oportunidades frente a su estilo de vida y su ego; murió antes de cumplir los 31 años. Su hostilidad contra Dios era intensa. No creía en Dios, y sin embargo Dios era muy real para él, en el sentido de que en todos los puntos estaba en guerra con Dios. Sostenía que, si Dios existía, Él era un monstruo por Su trato hacia la humanidad. «El hombre no estaba destinado a vivir de esta manera», declaró.

Dos o tres días después, me di cuenta repentinamente de que había descuidado mi mejor argumento contra él. Su desprecio por sus semejantes era intenso y pornográfico, y sin embargo, al enjuiciar a Dios, lo hacía en nombre del Hombre, de la humanidad o del género humano. Se me ocurrió que él, y tantos otros como él, se referían a sí mismos y solo a sí mismos cuando decían humanidad. «El hombre no estaba destinado a vivir de esta manera». La tierra podría ser hermosa. ¿Por qué Dios cierra las puertas al paraíso? Incluso la Biblia admite que Él lo hace, acusó este bohemio (Gn. 3:24).

Este joven, muerto hace ya mucho tiempo, vino a mi mente de nuevo esta semana, cuando recibí una llamada telefónica de un pastor muy dedicado, quien fue destituido por predicar sobre la ley de Dios. Un sermón sobre Levítico 18, acerca de los pecados sexuales, molestó especialmente a los muchos antinomianos (1) en esa considerable congregación. En la reunión que disolvió la relación pastoral, un réprobo expresó el sentimiento general de forma resumida: «Su predicación nunca me hizo sentir bien». El propósito de Dios, de Su palabra, de la predicación y de la iglesia, se ve así como el hacer que el hombre «se sienta bien». Dios debe ocuparse de que cada hombre tenga su porción de cielo en esta vida y en la próxima.

En otra iglesia, durante esta semana, los miembros de una clase de adultos insistieron en que el significado del nombre Jesús es que Dios salva a Su pueblo del infierno. Quedaron consternados cuando se les dijo que significa que Dios salva a Su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21). La gente hoy en día no quiere ser salvada de sus pecados: ahí es donde reside su vida y su esperanza.

El hombre siente que el paraíso o el cielo deberían ser lo que se le debe. El poder del estado moderno radica en su promesa de traer el cielo a la tierra, de dar al hombre la liberación del infierno, pero no del pecado, hacia un paraíso mundial que pertenece a cada hombre por derecho, en virtud de ser humano.

El salmista, sin embargo, nos recuerda que somos criaturas de Dios, hechas para servirle y alabarle a Él, no a nosotros mismos:

  1. Servid a Jehová con alegría;

    Venid ante su presencia con regocijo.

  2. Reconoced que Jehová es Dios;

    Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos;

    Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. (Sal. 100:2, 3)

Ser llamados «ovejas de su prado» era más que una bella imagen para el salmista; significaba que somos de Dios para ser usados según Su voluntad, para ser esquilados, para producir, y para vivir y morir según Su voluntad. Es difícil imaginar una imagen más antihumanista.

Salomón es igualmente contundente y claro:

  1. Del hombre son las disposiciones del corazón;

    Mas de Jehová es la respuesta de la lengua.

  2. Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión;

    Pero Jehová pesa los espíritus.

  3. Encomienda a Jehová tus obras,

    Y tus pensamientos serán afirmados.

  4. Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo,

    Y aun al impío para el día malo. (Pr. 16:1–4)

Una y otra vez, hombres rebeldes y pecadores buscan justificar lo que han hecho, y a veces lo que no han hecho, introduciendo su excusa con las palabras: «¡Tengo derecho a obtener algo de la vida!». A lo único que tenemos derecho es a «servid a Jehová con alegría», porque «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo». En otras palabras, la vida es teocéntrica, no antropocéntrica. Nuestra miseria proviene de intentar hacerla antropocéntrica, lo cual es un esfuerzo tan fútil como el sueño de De Sade (2) de borrar el sol y destruirlo. El hombre no es Dios, y no puede obligar a la vida a girar en torno a sí mismo.

¿No tiene entonces el hombre derechos al enfrentar la vida y al ser confrontado por Dios? Antes de responder a esa pregunta, miremos primero la idea de los derechos. Dos ideas están implícitas en el término. Primero, derechos implica justicia, el derecho, una creencia de que uno tiene una reclamación justa contra otro. Segundo, implica una reclamación. Así, tanto la justicia o el derecho, como una reclamación, están involucrados. Puedo tener una posición de derecho frente a otro hombre, y una reclamación sobre él, o él sobre mí, pero nunca contra Dios. «Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Sal. 100:3), y «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo; Y aun al impío para el día malo» (Pr. 16:4).

Pero esto no es todo. Incluso mi derecho frente a mi prójimo es inválido excepto en términos de la ley de Dios. A menos que mi reclamación de justicia esté fundamentada en la ley de Dios, no es una reclamación en absoluto, sino una pretensión. Como T. Robert Ingram ha demostrado en What’s Wrong With Human Rights (Qué hay de malo con los derechos humanos) (1979), la doctrina de los derechos humanos es un sustituto de la ley de Dios.

El lenguaje de la ley de Dios, además, no es el lenguaje de los derechos, sino de las bendiciones y maldiciones (Dt. 28). En mi vocación, no tengo derechos al estar delante de Dios; soy, por Su soberano beneplácito, objeto de bendiciones y maldiciones según le obedezca o desobedezca. Lo mismo es cierto de mi vocación como hijo, como padre y como esposo. En ninguna de estas áreas, ni en ninguna otra, puedo reclamar derecho alguno debido a mi persona, sexo, oficio, estatus o cualquier otra cosa, sino solo en virtud de la ley de Dios y mi relación con Dios. No tengo derecho a reclamar de otros nada que Dios requiera de ellos cuando yo mismo no le doy a Dios lo que Él requiere de mí.

En un pasaje devastador, Dios, hablando a través de Oseas, declara:

  1. Mi pueblo a su ídolo de madera pregunta, y el leño le responde; porque espíritu de fornicaciones lo hizo errar, y dejaron a su Dios para fornicar.

  2. Sobre las cimas de los montes sacrificaron, e incensaron sobre los collados, debajo de las encinas, álamos y olmos que tuviesen buena sombra; por tanto, vuestras hijas fornicarán, y adulterarán vuestras nueras.

  3. No castigaré a vuestras hijas cuando forniquen, ni a vuestras nueras cuando adulteren; porque ellos mismos se van con rameras, y con malas mujeres sacrifican; por tanto, el pueblo sin entendimiento caerá. (Oseas 4:12–14)

El Señor habla aquí a los varones de Israel. Ellos son infieles y desobedientes; «dejaron a su Dios para fornicar» literalmente: se han prostituido apartándose de estar bajo su Dios, es decir, le son infieles a Él, y por tanto tratan su obligación hacia sus esposas a la ligera. Si somos infieles a Dios y lo despreciamos, ciertamente lo seremos con nuestros superiores e inferiores, con nuestros padres, esposas e hijos. Los hombres de Israel habían llevado su apostasía al punto de tomar parte en falsos ejercicios religiosos con sus rameras.

Habiendo disuelto ellos su relación de fidelidad y obediencia al Señor, Dios disuelve las sanciones de la ley (i.e., la pena de muerte) contra sus hijas y sus esposas por sus fornicaciones y adulterios. En lugar de un juicio particular, habrá un juicio general: «Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Oseas 8:7).

La única manera de prevenir este desastre es el camino de la fe y la obediencia. La vida y la libertad del hombre significan fe y obediencia; significan la ley de Dios, no un concepto mítico de derechos humanos. Cuando tratamos cualquier privilegio que la ley de Dios nos otorga como nuestro derecho, reclamamos lo que es de gracia soberana como un derecho natural. Ningún hombre puede reclamar que su sexo, nacimiento, estatus, posición o autoridad sean suyos por derecho. La advertencia directa de Pablo viene al caso:

Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co. 4:7)

No puedo desobedecer o negar a Dios, y reclamar por derecho cualquier don, oficio o privilegio que la creación de Dios y Su ley me otorgan. No podemos tener el mundo-ley (3) de Dios sin Dios. Cuando negamos al Señor, negamos implícitamente todas las demás cosas que Su creación, providencia y ley nos dan. Dios entonces procede a disolver estas cosas, y a darnos el torbellino.

El hombre ve el cielo y el paraíso como su derecho. En su pecado, le dice en efecto a Dios: «Sírveme según mi voluntad, y prueba que eres en verdad el Todopoderoso». El hombre dice a todos los que le rodean: «Saltad a mi orden, e inclinaos ante cada una de mis palabras como sabiduría final». El hombre quiere el paraíso a su entera disposición, y a la gente también, pero el pecador se ve frustrado en cada punto. Cualquier cosa que consiga u ordene es siempre fútil, porque siempre lleva el infierno dentro de sí.

Su única esperanza es convertirse, y decir con el salmista: «Tus manos me hicieron y me formaron; Hazme entender, y aprenderé tus mandamientos» (Sal. 119:73).

Notas del Traductor:

  1. Antinomianos: Aquellos que sostienen que, bajo la dispensación del Evangelio de la gracia, la ley moral no tiene obligación para los creyentes y no es normativa para la vida cristiana.

  2. Marqués de Sade: Aristócrata y filósofo francés (1740-1814) conocido por su literatura erótica violenta y su filosofía de libertad absoluta desligada de toda restricción moral o teológica, representando aquí la rebelión máxima contra el orden creado.

  3. Mundo-ley (Law-world): Concepto técnico en Rushdoony que denota que la realidad creada no es neutral ni caótica, sino que está estructurada inherentemente por la Palabra y la Ley de Dios.