¿Qué significa el dominio?

Una definición bíblica del concepto de Dominio

Youseff Derikha

3/22/20267 min read

A menudo, injustificadamente, la palabra dominio suele provocar sospechas. Muchos la asocian con abuso, imposición, explotación o ansias de poder. Sin embargo, cuando la Biblia habla del dominio del hombre, no está legitimando la tiranía, sino estableciendo una verdad central de la creación: Dios creó al hombre para ejercer un gobierno delegado sobre la tierra, bajo Su autoridad, conforme a Su ley y para Su gloria.

Ésa es la idea que debemos recuperar si queremos pensar bíblicamente. El dominio no es autonomía humana; no es el hombre declarándose soberano, independiente o neutral respecto a Dios. El dominio es una mayordomía santa. Es el llamado de Dios para que el hombre, creado a Su imagen, ordene la vida y el mundo en obediencia al Creador.

El dominio nace en la creación

La primera definición de dominio aparece en el contexto mismo de la creación del hombre en Génesis. En Génesis 1:26–28, Dios crea al hombre a Su imagen y semejanza, y le da la comisión de sojuzgar la tierra y señorear sobre las criaturas. Esto significa que el dominio no es una idea producto de la caída, ni un producto de la política humana, ni una invención cultural. Es parte del propósito original de Dios para el hombre, y es algo que está vinculado ontológicamente al ser humano.

El hombre puede ejercer dominio porque fue creado a imagen de Dios. El dominio no procede del hombre mismo, sino de Dios que le dio ese propósito y significado al hombre. El hombre no es dueño absoluto del mundo; es administrador del mundo de Dios.

Por eso, en el pensamiento bíblico, toda idea de dominio separada de Dios se vuelve necesariamente perversa. Cuando el hombre quiere dominar sin Dios, lo que produce no es orden, sino opresión, tiranías, guerras y pleitos. El dominio autónomo no produce mayordomía, sino rebelión, tiranías, muertes y guerras.

Dominio no es dominación

Es esencial que distingamos entre dominio y dominación.

El dominio bíblico se ejerce bajo la ley de Dios, con responsabilidad, límites morales y vocación de servicio. Es cuando el hombre actúa en términos de la ley de Dios, anda en sus principios y no los traspasa en el ejercicio del dominio sobre la tierra y los animales. La dominación, en cambio, es el intento pecaminoso del hombre de ocupar el lugar de Dios y someter a otros a su propia voluntad, y de explotar la tierra y los animales sin ningún límite más que el que se imponga a sí mismo.

Después de la caída, el hombre no abandonó su deseo de dominio; ciertamente lo pervirtió. En vez de gobernar la creación para la gloria de Dios, comenzó a buscar poder autónomo; dominación, tanto de su prójimo como de la tierra y los animales. Eso es precisamente lo que vemos en la rebelión humana a lo largo de la Escritura: reinos, imperios y poderes que pretenden absolutizarse, esclavizando a hombres y destruyendo el hábitat. En contraste, la Biblia enseña que solo Dios es soberano. “De Jehová es la tierra y su plenitud” (Sal. 24:1).

De modo que el ser humano no tiene derecho a ejercer un dominio absoluto, autónomo e independiente sobre nada ni sobre nadie. Todo su gobierno es derivado, limitado y juzgado por Dios.

El dominio está unido al trabajo

En Génesis 2:15, Dios pone al hombre en el huerto “para que lo labrara y lo guardase”. Eso nos muestra que el dominio no es un concepto abstracto, ni de filósofos o teólogos en un escritorio. Se ejerce concretamente en el trabajo, en el cultivo, en el cuidado, en la construcción, en el desarrollo y en la administración fiel. De modo que todo hombre, ya sea varón o mujer, están llamados a ejercer dominio.

Dominar la tierra significa hacerla fructificar bajo Dios. Significa desarrollar familias, instituciones, oficios, conocimiento, arte, ciencia, tecnología y cultura en obediencia al Creador. El mandato cultural nunca ha sido una licencia para devastar, sino una responsabilidad para ordenar, crear, desarrollar y servir, en adoración y obediencia a Dios, a nuestro prójimo.

Por eso, el trabajo no es una maldición en sí mismo; la maldición cayó sobre el trabajo por causa del pecado (Gén. 3:17–19), pero el trabajo mismo pertenece al propósito original de Dios. El hombre fue creado para servir a Dios activamente en el mundo. El dominio, entonces, incluye productividad, diligencia y responsabilidad moral.

El dominio presupone autogobierno

Nadie puede hablar seriamente de dominio bíblico sin hablar primero de autodominio. El hombre que no está gobernado por Dios no está capacitado para gobernar nada rectamente.

La Escritura insiste en esto. Proverbios 25:28 dice que el hombre sin dominio propio es como ciudad derribada y sin muro. Y en Gálatas 5:22–23, el dominio propio aparece como fruto del Espíritu. Esto significa que el dominio verdadero comienza internamente: en el corazón regenerado, en la mente renovada y en la voluntad sometida a Dios.

De ahí que la visión bíblica del dominio sea inseparable de la redención. Un hombre esclavo de su pecado no ejercerá dominio justo, sino una dominación. El hombre rebelde, caído, ejercerá una dominación pecaminosa contra su prójimo y sobre la creación. Solo cuando el hombre es restaurado por la gracia, puede empezar a cumplir su vocación de manera recta. Es por ello, que la iglesia tiene una responsabilidad enorme en la restauración del orden de Dios el ser comisionada por nuestro Señor a discipular a todas las naciones, enseñándoles a guardar todo lo que Él, el creador del ser humano, ha mandado (Mt. 28:18-20).

El dominio pertenece al hombre bajo Cristo

El Salmo 8 retoma el mandato de Génesis y celebra el lugar que Dios dio al hombre en la creación: lo hizo un poco menor que los ángeles y lo coronó de gloria y de honra, poniéndolo sobre las obras de Sus manos (Sal. 8:4–8). Pero el Nuevo Testamento nos muestra que este propósito del ser humano alcanza su cumplimiento perfecto en Jesucristo.

En Hebreos 2:6–9, el Salmo 8 se aplica a Cristo. Allí se nos enseña una verdad fundamental: el hombre caído no ha cumplido fielmente su llamado de dominio, pero Cristo sí lo hizo. Él es el Hombre perfecto, el último Adán, quien restaura en Su pueblo el propósito original de Dios.

Esto significa que el dominio bíblico no puede entenderse correctamente aparte del señorío de Cristo. Después de Su resurrección, Jesús declara: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). Sobre esa base envía a Sus discípulos a discipular a las naciones (Mt. 28:19–20).

El dominio del creyente no es independiente de Cristo, sino una extensión de Su reino en la historia. No se debe entender como conquistar para nosotros mismos, sino de someter toda área de la vida a la obediencia a Cristo (2 Co. 10:3-6).

El dominio tiene un carácter ético

La Escritura nunca presenta el dominio como mera capacidad de hacer cosas. Siempre lo enmarca moralmente. El hombre debe ejercer su llamado conforme al bien y a la justicia de Dios.

En Deuteronomio 8:18, Moisés recuerda que es Dios quien da poder para hacer riquezas. Eso excluye todo orgullo de autonomía. En Miqueas 6:8, el Señor resume lo que demanda del hombre: hacer justicia, amar misericordia y humillarse ante Dios. Por tanto, cualquier concepto de dominio que desprecie la justicia, la misericordia o la humildad es absolutamente antibíblico, y éticamente réprobo.

Como hemos dicho anteriormente, el mandato de dominio no autoriza la explotación irresponsable de la creación. La tierra pertenece a Dios, y el hombre deberá rendir cuentas por su administración. El dominio, cuando es fiel, produce prosperidad y vida; cuando es infiel, produce ruina y muerte.

El dominio no se limita a “lo espiritual”

Uno de los errores más graves del pensamiento moderno cristiano es reducir la fe a la esfera interior, personal, subjetiva o eclesiástica (entendido por “eclesiástico” a un club dominguero). Sin embargo, el mandato de dominio abarca la totalidad de la vida. Si Cristo es Señor, lo es de absolutamente todo: de la familia, del trabajo, de la educación, de la economía, del derecho, de la cultura, de la nación y de la vida social.

Pablo dice en 1 Corintios 10:31: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Y en Colosenses 3:17 enseña que todo debe hacerse en el nombre del Señor Jesús. El dominio bíblico, por tanto, no es “secular” (en el sentido de independiente de Dios) ni neutral. Es una vocación total bajo el señorío total de Cristo.

Una definición bíblica de dominio

A la luz de estos pasajes de las Escrituras que hemos analizado, podemos definir el dominio de la siguiente manera:

El dominio es un atributo intrínseco del hombre, y su propósito es el ejercicio fiel, responsable y productivo del hombre, creado a imagen de Dios y restaurado en Cristo, sobre la creación y sobre su propia vida, bajo la autoridad de Dios y conforme a Su ley, para desarrollar la tierra, servir al prójimo y manifestar la gloria de Dios en toda esfera de la existencia.

Dominio es señorío delegado bajo Dios; nunca soberanía autónoma ni tiranía sobre el prójimo.

Conclusión

Recuperar el concepto bíblico de dominio es recuperar una visión cristiana del hombre y del mundo. El hombre no fue creado para la pasividad, ni para la esclavitud o servidumbre a otros hombres, ni para la autonomía. Fue creado para servir a Dios ejerciendo un gobierno fiel al pacto y la ley de Dios sobre la tierra.

Allí donde el hombre niega a Dios, el dominio degenera en esclavitud y violencia. Pero allí donde Cristo reina, el hombre es restaurado a su llamado: trabajar, ordenar, construir, enseñar, cultivar y ejercer autoridad legítima bajo la Palabra de Dios.

Ése es el verdadero dominio: no la exaltación del hombre, sino la obediencia del hombre al Rey soberano. No la gloria del yo, sino la gloria de Dios. Y esa es precisamente, la grandeza del hombre.