Servicio, no Jerarquía
COSMOVISIÓN
Youseff Derikha
1/5/20264 min read


Desde la sala de juntas corporativa hasta el capitolio del gobierno, nuestra sociedad se rinde ante un ídolo casi invisible: la creencia de que el orden social exige la jerarquía humana. Se asume como un hecho evidente que debe existir una cadena de mando, una estructura piramidal donde unos pocos hombres tienen la potestad de gobernar a la mayoría. Sin embargo, un examen riguroso de las Escrituras revela que esta idea no solo es ajena a la cosmovisión bíblica, sino que es su antítesis. La Palabra de Dios no nos enseña una jerarquía entre los hombres, sino un orden pactual de autoridad para el servicio.
El el núcleo de esta situación radica en una distinción fundamental: autoridad no es sinónimo de jerarquía.
La Autoridad como Función de Servicio
La autoridad, en el orden de Dios, es una función delegada, con un propósito específico y limitado: servir y edificar al prójimo para que este alcance la madurez. El paradigma supremo de la autoridad es nuestro Señor Jesucristo. Él, poseyendo toda la autoridad en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18), no vino para establecer una estructura de poder terrenal, sino que declaró: "el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mr. 10:45). La autoridad de Cristo se manifiesta en su servicio sacrificial, invirtiendo por completo la pirámide del poder mundano: el más grande es el que sirve, el el primero de todos es aquél que toma una toalla y un cubo de agua para limpiar los pies de su prójimo.
Este modelo permea todas las esferas de la vida. La autoridad de los padres sobre sus hijos no es para crear una casta de gobernantes familiares, sino para instruir, proteger y equipar a sus hijos hasta que se conviertan en adultos responsables e independientes bajo la Ley de Dios. La autoridad de los ancianos en la iglesia no es para dominar la consciencia de los creyentes, sino para equipar a los santos para la obra del ministerio (Efe. 4:12).
En cada caso, la autoridad es una herramienta de crecimiento, un andamiaje temporal que busca impulsar al hombre a su plena realización como portador de la imagen de Dios, llamado a ejercer el mandato de dominio (Gén. 1:28), un dominio que, crucialmente, se nos dio sobre la tierra, los peces y las aves, pero jamás sobre nuestros semejantes.
La Jerarquía como Ídolo
La jerarquía, en antítesis directa, no es una función delegada, sino un estatus. Es una estructura de poder y control basada en la presunción de que ciertos hombres o instituciones poseen un estatus superior que les otorga el derecho inherente a dominar sobre otros. Este es el eco de la tentación original: "seréis como Dios" (Gén. 3:5), el deseo de ocupar el lugar del soberano, de ser la fuente de la ley.
Esta es la lógica del paganismo y su encarnación moderna: el estado. Cuando el pueblo de Israel rechazó el gobierno directo de Dios y pidió un rey "como tienen todas las naciones" (1 Sam. 8:5), rechazaron un orden pactual por un orden jerárquico. La advertencia de Dios a través de Samuel fue clara: un rey humano los oprimiría, tomaría sus bienes, sus hijos y sus tierras. La advertencia de Samuel es una profecía perpetua: la jerarquía humana, desde el antiguo rey hasta el moderno estado de bienestar, tiende por su propia naturaleza a la tiranía y la extracción.
El Objetivo del Orden de Dios: Madurez e Interdependencia
El objetivo del orden de Dios es diametralmente opuesto al objeto que persigue un orden jerárquico. El orden de Dios nuestro Señor busca que cada ser humano sea lo más independiente posible de su prójimo, pero completamente dependiente de Dios y Su pacto. Esta independencia pactual no es un aislamiento egoísta, sino la precondición necesaria para un servicio genuino y eficaz. Un hombre que se sostiene a sí mismo y a su familia bajo la Ley de Dios está liberado de la subyugación de otros hombres y, por tanto, capacitado para servir a su prójimo desde una posición de fortaleza y libertad.
Se forja así una red de interdependencia voluntaria, no una pirámide de subyugación. En este ciclo virtuoso, hombres y mujeres maduros, ejerciendo sus dones en libre cooperación, se ayudan mutuamente a alcanzar una mayor madurez, productividad y piedad, generando un orden social de autodominio y descentralizado.
El Crimen y la Solución del Poder Jerárquico
"¿Pero qué hay del pecado y el crimen?", preguntará el escéptico. Ciertamente, Dios ha instituido en Su Ley los medios para tratar con el mal. La ley bíblica establece tribunales y sanciones, principalmente restitutivas, para el crimen. Pero estos son sanciones específicas y reactivas. La sanción punitiva se aplica al culpable de un acto concreto.
El error es usar la existencia del crimen como pretexto para crear estructuras de poder permanentes y totalizantes que dominen a todo hombre, sin importar si es justo o injusto, inocente o culpable.
El estado opera bajo esta premisa satánica de que el fundamento del orden es el poder. Con la excusa de proteger al inocente, subyuga a todos, imponiendo tributos, regulaciones y un control que asfixia la libertad y la responsabilidad que Dios nos ha dado.
La visión bíblica para la sociedad no es una pirámide de poder, sino una red de servicio en el que el mayor es el que más sirve a su prójimo. Es un orden de familias, iglesias y asociaciones voluntarias que cooperan bajo la Ley de Dios, el único Soberano. Por lo tanto, nuestro llamado no es a reformar la pirámide de poder del estado, sino a demolerlo. Es un llamado a rechazar el mito fundacional de la jerarquía, a desenmascarar al estado como el ídolo de nuestra época, y a construir, en su lugar, una sociedad fundamentada en la autoridad-servicio, la responsabilidad personal y la libertad bajo el único Arkhé: nuestro Señor Jesucristo.
