Servidumbre a una ideología o club
Descripción de la publicación.
SESGOS Y RAZONAMIENTO MOTIVADO
Youseff Derikha
1/7/20263 min read


Estoy seguro que debe ser una carga insoportable dedicar la vida a ser mero instrumento de una corporación o colectivo, cuya finalidad no es la búsqueda de la verdad, sino la confirmación de los sesgos que mantienen unido al grupo y útil a la institución. El sujeto se siente importante porque presta su voz a un público que lo aplaude, y siente participar en la relevancia de su institución, corporación, partido o denominación; pero en realidad no hace más que reproducir las convicciones que ese público o partido ya sostenía previamente, evitando toda disonancia. Se trata de una servidumbre sofisticada: “rascar el oído” a la audiencia mientras se deja de ser un ser humano con capacidad de juicio propio para convertirse en marioneta.
Karl Marx habló de la alienación en el trabajo argumentando que el hombre se vuelve extraño a sí mismo al producir no para su plenitud, sino para una maquinaria que lo absorbe. Algo similar ocurre en el ámbito intelectual y cultural: se enajena la voz personal en beneficio de la corporación, del partido o de la ideología. Max Weber, por su parte, describía la jaula de hierro de la burocracia, donde el individuo queda atrapado en funciones que justifican el sistema pero sofocan el alma. El resultado es que el hombre se experimenta importante solo en la medida en que confirma lo que sus dueños y otros ya piensan.
Solomon Asch ha estudiado que los individuos tienden a conformarse con el grupo aun cuando la evidencia contradice lo que ven sus ojos. Leon Festinger explicó con su teoría de la disonancia cognitiva (1957) que los seres humanos buscan reducir la incomodidad de sostener creencias disonantes, muchas veces adaptando la realidad a los sesgos del grupo. Dan Kahan (2013) mostró que incluso en sociedades modernas, las élites intelectuales funcionan como confirmadores de identidad: no argumentan para descubrir, sino para sostener su pertenencia.
En este marco, el individuo que dice “me debo a mi público o a mi ideología” en realidad está atrapado en la necesidad de reducir la disonancia de traicionar su rol en la corporación. El precio es la autocensura y la renuncia a la búsqueda sincera de la verdad.
La Biblia denuncia esta esclavitud. Pablo escribe a Timoteo que “vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oídos, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Tim. 4:3). El “maestro” que se debe a su público, o a su denominación, partido o corporación, no es pastor ni sabio, sino un ídolo hecho a la medida de la audiencia. El profeta Isaías denunciaba a quienes decían a los videntes: “No veáis; y a los profetas: no nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas” (Is. 30:10). La Escritura describe y juzga este fenómeno: la voz que se vende por aplausos deja de ser voz profética para convertirse en un eco corporativo de la idolatría.
El mayor engaño de esta dinámica es la ilusión de importancia, de relevancia. El individuo se siente importante, que influye, pero en realidad solo sobrevive en tanto refuerza los sesgos de un club y de sus adeptos. Kierkegaard dijo “la multitud es mentira”. No creo que esto sea verdad en sí mismo, pero se acerca mucho a la realidad: lo que parece un reconocimiento colectivo es, en la gran mayoría de los casos, algo vacío pero lleno de emociones irracionales. La relevancia real no nace de halagar las masas, sino de atreverse a decir lo que incomoda. Jesucristo mismo fue rechazado por no acomodarse a los sesgos de su generación (Jn. 15:18-19).
