Sobre los Hechos

SESGOS Y RAZONAMIENTO MOTIVADOTEONOMÍACOSMOVISIÓN

Youseff Derikha

1/27/20267 min read

Existe una tentación permanente, y hoy prácticamente industrializada, de tratar los hechos como arcilla: algo que se amasa, se estira, se recorta y se pinta hasta que calce con la narrativa de la ideología sostenida. Podría pensarse que esto es una simple torpeza intelectual. Pero no, es una conducta que revela la moral y ética del hombre. El hombre caído no solo yerra: “detiene con injusticia la verdad” (Ro 1:18). La palabra es fuerte: no dice que la verdad “se le escapa”, sino que la suprime. Y para suprimirla necesita re-interpretar los hechos, porque un hecho bien leído acusa, juzga, delata idolatrías, desenmascara excusas. Por eso, ante la realidad, el pecador no actúa como un juez imparcial, sino como abogado defensor de su propia autonomía.

Pero el cristiano, si es fiel, se aproxima a los hechos de otra manera. No porque posea una mente naturalmente superior, sino porque confiesa un punto de partida distinto: Dios es Señor del significado. Los hechos no son autónomos, no flotan en un universo neutral esperando que cada tribu los bautice según su conveniencia. Son “hechos de Dios”: acontecimientos dentro de una creación que Dios hizo, sostiene, gobierna e interpreta. El cristiano no “inventa” el sentido último de lo real; lo recibe, lo aprende, lo obedece.

Los hechos no son “brutos”: son creación interpretada por Dios

La Escritura no presenta un mundo mudo. Presenta un mundo hablado. Dios crea por su Palabra: “Y dijo Dios…” (Gn 1). Ese “decir” no es un adorno literario; es el poder creativo original del Creador del universo. La realidad es dependiente, derivada, pactual: tiene orden porque procede del Logos y es sostenida por él (Jn 1:1–3; Col. 1:16–17; Heb. 1:3). Esto destruye la fantasía humanista de “hechos brutos” (hechos sin significado) a los que luego llega el humano soberano para asignarles valor. En la Biblia, el valor y el orden vienen con la creación misma. Dios separa, nombra, evalúa: “y vio Dios que era bueno” (Gn. 1). En otras palabras: antes de que el hombre opine, Dios ya interpretó.

El Salmo 19 declara que los cielos “cuentan” la gloria de Dios; el día “emite palabra” (Sal 19:1–2). No es que el universo tenga voz propia, como si fuera divino; es que la creación es una revelación general: un testimonio real, objetivo, público, de su Creador. Los hechos pertenecen a una economía de la revelación Divina. Y la revelación no es neutral: declara a Dios, acusa al hombre, exige obediencia.

Aquí entramos en un punto clave del presuposicionalismo: no existe un “punto cero” interpretativo. La neutralidad no es solo imposible, es inmoral. Toda lectura de hechos presupone algo (una narrativa si se quiere) sobre Dios, el hombre, la verdad, la ley, la causalidad y el propósito. Incluso quien dice “yo solo sigo los datos” ya presupone que los datos son inteligibles, que la razón es confiable, que el futuro guardará alguna continuidad con el pasado, que la lógica no es un mero accidente químico. Eso no se prueba sin presupuestos; se asumen. Se presuponen. Por eso la neutralidad es un mito útil: sirve para esconder el altar donde el hombre ya está adorando.

La caída corrompe la interpretación: noética del pecado

El problema central no es que el hombre interprete, sino que interpreta como rebelde. La caída no destruyó la racionalidad, pero la torció. La mente se vuelve cómplice del pecado: “profesando ser sabios, se hicieron necios” (Rom. 1:22). ¿Cómo se manifiesta eso? En la capacidad de llamar bien al mal y mal al bien (Isa. 5:20), de justificar lo injustificable, de construir coartadas morales con materiales “fácticos” seleccionados para que coincidan con el relato defendido.

Este punto es fundamental: el sesgo no es meramente cognitivo; es pactual. “El corazón”, desde una perspectiva bíblica, no es solo emoción; es el centro de dirección de la vida del hombre, la sede de sus amores y lealtades. “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Pr. 23:7). Lo que el hombre ama determina lo que el hombre llama “realista” o "sentido común". Aquello a lo que teme determina lo que considera “evidencia”. Lo que desea determina lo que “no puede ver”. En ese sentido, el debate entre ideologías, cosmovisiones o religiones no es primariamente un choque de datos: es una guerra de dioses. Y cuando el dios es el yo soberano, los hechos se vuelven meros instrumentos de validación.

La Escritura denuncia esto usando categorías judiciales: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Ex. 20:16). El falso testimonio no es solo mentir; es distorsionar la realidad para dañar, exculpar o dominar. Es manipular el tribunal de la opinión. Y si hay un lugar donde la Biblia es brutalmente concreta, es en la justicia probatoria: dos o tres testigos (Dt. 19:15), investigación diligente (Dt. 19:18), prohibición de condenar por presión de la mayoría (Ex. 23:2), rechazo de sobornos (Ex. 23:8). La ley de Dios asume lo que hoy muchos no quieren ver: el ser humano tiene incentivos morales para torcer los hechos, y por eso la justicia requiere estándares externos, no meras “sensaciones” o “narrativas”.

Narrativas son inevitables

Toda interpretación humana tiene forma narrativa. Nadie vive como una planilla Excel: conteniendo meramente datos. Contamos historias: causas, motivos, culpables, héroes, fines. El punto no es eliminar narrativas; es someterlas. Hay una narrativa verdadera que enmarca todas las demás: creación, caída, redención y consumación. Esa historia no es “mi relato”; es el relato del Dios Soberano y Creador sobre su mundo.

El hombre caído también tiene su metanarrativa: la autonomía. La historia en donde él es la medida, el juez y el salvador. Por eso las ideologías son, en sentido último, religiones disfrazadas: ofrecen una visión del pecado, una culpa externalizada, un enemigo expiatorio, y una salvación intramundana. Y entonces sucede lo predecible: los hechos que contradicen la liturgia ideológica, los ideologemas, son reinterpretados, negados o demonizados. No es algo  nuevo. Los profetas lo vieron: “Ay de los que a lo malo dicen bueno…” (Isa. 5:20). La posverdad no nació con redes sociales; solo se masificó con mejores herramientas. Su origen está en el consejo de la serpiente en el Huerto del Edén.

Hechos, ley y justicia son la clave teonomista La teonomía no es un gusto por “reglas”; un legalismo farisaico: es reconocer que Dios define la justicia, y por tanto define cómo deben tratarse los hechos en la vida pública y privada. La ley bíblica no solo manda “qué hacer”, también estructura “cómo conocer” en contextos de juicio: testigos, evidencia, imparcialidad, debido proceso. En un mundo de propaganda, la ley de Dios funciona como freno epistemológico contra la manipulación ideológica: limita la imaginación acusatoria y la creatividad exculpatoria. Obsérvese lo profundamente contracultural: “No seguirás a los muchos para hacer mal” (Ex. 23:2). Es una prohibición contra la epistemología del rebaño. Hoy diríamos: "no le des autoridad a la tendencia", "al trending topic", a la emoción colectiva. La mayoría puede ser una turba. Y la turba siempre “tiene hechos”, porque siempre tiene recortes de realidad que sirven para incendiar. También la Escritura ordena: “Pesas y medidas justas” (Lv. 19:35–36; Pr. 11:1). Estas leyes no tratan solo sobre el comercio; es un principio de integridad interpretativa. Medidas injustas son sesgos institucionalizados: criterios cambiantes según el bando, exigencia de evidencia para el rival y credulidad para el aliado. La ley de Dios no te deja ser relativista con la verdad sin llamarte por tu nombre: injusto quebrantador de la ley.

El cristiano y los hechos

Aquí hay una corrección necesaria para no caer en triunfalismo: el cristiano no está inmunizado contra el sesgo, contra el pecado. Está obligado a combatirlo. La diferencia no es “cristianos sin distorsión vs no cristianos distorsionadores”. La diferencia es de señorío: ¿quién tiene la última palabra sobre el significado? ¿Dios o mi tribu? Por eso la santificación incluye la mente: “no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Ro. 12:2). Y también: “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:5). Esto es una guerra intelectual y moral, no postureo.

El creyente debe temer una cosa más que quedar mal: dar falso testimonio. Porque mentir sobre los hechos no es solo error; es pecado contra Dios y contra el prójimo. Y es aquí donde la reconstrucción cristiana cobra densidad: si queremos reconstruir cultura bajo el reinado de Cristo, debemos reconstruir primero la ética del testimonio. Una sociedad que premia la manipulación narrativa, y castiga la precisión, se descompone, aunque sea “muy educada”. Sin verdad pública, solo queda la fuerza, la propaganda y la administración de resentimientos. Todo lo cual, es el caldo perfecto para la destrucción de cualquier sociedad.

Criterios prácticos para una disciplina cristiana del hecho

Si todo esto es verdad (y estamos persuadidos de ello), entonces “leer hechos” no es una afición, o una especialización para algunos; es obediencia cristiana. Algunas reglas mínimas (bíblicamente coherentes) para resistir la torsión:

Primero, ante todo: detente primero, tómate un tiempo para meditar sobre el hecho. Ora si es necesario (casi siempre lo es). Distingue observación, inferencia y juicio moral. Mucha manipulación ocurre cuando la inferencia se disfraza de hecho. “Esto pasó” no es lo mismo que “su intención era…” o “por tanto es justo…”.

Segundo, aplica estándares simétricos. La Escritura odia las pesas dobles. Si exiges evidencia fuerte a un adversario, exígela también a tu bando. Si condenas la exageración del otro, condena la tuya y la de tu bando.

Tercero, busca corroboración y testigos. La ley bíblica insiste en pluralidad de testimonio y examen diligente (Dt 19:15–18). La prisa moral es el aliado natural del falso testimonio.

Cuarto, desconfía de las narrativas que te hacen sentir demasiado bien contigo mismo. El pecado ama recrearse en historias donde yo siempre soy una víctima virtuosa o héroe inevitable. El evangelio, en cambio, comienza acusándome y humillándome para luego levantarme.

Conclusión

Los hechos importan porque Dios importa. La crisis contemporánea no es solo informativa; es teológica y ética. Cuando el hombre se niega a someterse a Dios, no solo se desordena su conducta; se desordena su lectura de la realidad. Necesita que el mundo le mienta para poder pecar en paz. Por eso adapta los hechos a sus narrativas idolátricas.

El cristiano, en cambio, confiesa que la realidad ya tiene Autor, que los hechos ya están dentro de una creación con significado, y que la Palabra de Dios no es un accesorio devocional sino el estándar público de verdad, justicia y testimonio. Leer, interpretar, fielmente los hechos, sin torcerlos para ganar, es una forma de temer a Dios. Y en una era donde todos quieren “su verdad”, el cristiano está llamado a algo más incómodo y más santo: la verdad de Dios, aunque te deje sin munición para tu bando y sin excusas para tu ego.