Un Examen de la Hostilidad Ontológica Hacia las Santas Escrituras

TEONOMÍA

Youseff Derikha

1/14/20265 min read

Desde los albores de la historia registrada, se ha constatado que el corpus de las Sagradas Escrituras ha sido objeto de una persistente y fundamental animadversión por parte de aquellos cuya disposición existencial se define por la aversión hacia su contenido. Tal antagonismo, lejos de ser una mera disensión intelectual, se manifiesta como una confrontación ontológica irreconciliable entre la condición humana post-lapsaria y la soberanía divina. Este fenómeno representa la exteriorización de la antítesis primordial que permea la totalidad del devenir histórico: la civitas hominis, la ciudad del hombre, en un estado de insurrección perpetua y sistémica contra la Civitas Dei, la Ciudad de Dios. La psique no regenerada, según la exposición paulina, se encuentra en un estado de enemistad intrínseca con la divinidad (Rom. 8:7), una condición que es la consecuencia directa de la enemistad declarada por Dios mismo entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente (Gén. 3:15), pues no se somete a la ley divina, ni posee la capacidad para ello. La sumisión a dicha ley es una imposibilidad lógica para una mente que se ha constituido a sí misma como su propia fuente de legalidad. Consecuentemente, la hostilidad hacia el texto sagrado es axiomáticamente reducible a una hostilidad hacia la Palabra-ley de la entidad creadora y judicial, pues en el texto se encuentra el testimonio jurídico de una soberanía que el hombre caído repudia.

Dicha abominación se encuentra frecuentemente velada bajo el pretexto de una metodología erudita y una hermenéutica presuntamente objetiva. Se articula a través de constructos teóricos y marcos críticos, desde la alta crítica del siglo XIX hasta las escuelas de desmitologización y crítica de las formas del siglo XX, que, en su esencia, constituyen narrativas humanistas elaboradas con el propósito manifiesto de suprimir, neutralizar y, en su conclusión lógica, anular la significación y la autoridad inherentes al texto bíblico. El individuo contemporáneo, heredero del proyecto de la Ilustración que entronizó la razón autónoma, en un acto de auto-exaltación, se posiciona como árbitro de la Palabra, invirtiendo la relación en la que la Palabra es, de hecho, la que lo somete a juicio. Ciertas corrientes filosóficas, tales como el evolucionismo, el existencialismo y el socialismo científico, deben ser identificadas como lo que son: teologías de una fe rival y sistemas soteriológicos sustitutivos. A través de ellos, la humanidad caída, en su apostasía, procura establecer un plan de salvación secular, ya sea a través del progreso científico, la auto-creación existencial o la reestructuración política, negando así la necesidad de una intervención redentora de carácter divino.

Las implicaciones del mensaje bíblico poseen una magnitud tal que su diseminación ha generado históricamente una disrupción sistémica en el orden mundial, desafiando la legitimidad de toda autoridad humana que no se derive de la autoridad divina. Tal efecto no es de extrañar, puesto que el texto bíblico se autoproclama como la locución infalible de la Deidad Trina y da testimonio del Logos encarnado, Jesucristo (Juan 1:1, 14), cuya existencia misma es una declaración ontológica. Es un hecho documentado que, desde el momento de la concepción de Cristo, se ha manifestado una hostilidad homicida hacia su persona, evidenciada arquetípicamente desde la persecución herodiana (el intento del poder estatal por eliminar a un rey rival) hasta la aclamación popular que demandaba su crucifixión, prefiriendo a un insurrecto. Una animosidad de no menor intensidad se dirige hacia la Palabra escrita, en la cual reverbera la misma voz de autoridad que proclama: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida" (Juan 14:6), invalidando así, por exclusión absoluta, la legitimidad de cualquier otra vía que el ser humano intente establecer de forma autónoma.

El postulado central e inmutable de este compendio es que la entidad divina soberana es el agente creador de la totalidad del cosmos y, de manera particular, del ser humano, a quien se le confirió la imago Dei con el mandato de ejercer dominio en un marco de vice-regencia y subordinación a la autoridad divina (Gén. 1:26-28). Se estableció un pacto divino con la humanidad, concebido no como una serie de sugerencias religiosas, sino como el marco constitucional y jurídico para la creación, en el cual la ley fue provista como el paradigma para la consecución de la bienaventuranza y como el instrumento para el ejercicio de dicho dominio. No obstante, la humanidad, influenciada por la narrativa serpentina, repudió el pacto y ambicionó la prerrogativa divina. El pecado original se define precisamente por esta aspiración: "ser como Dios, conociendo el bien y el mal" (Gén. 3:5). Este acto no fue una simple transgresión moral, sino un acto de sedición jurídica: un intento de coup d'état contra el gobierno divino. Al pretender establecer un nuevo orden legal fundamentado en la voluntad de la criatura, el hombre buscó suplantar la ley de Dios con la suya, olvidando que toda ley es la expresión de la moralidad de un dios, y que la ley del hombre inevitablemente refleja la deificación del hombre mismo o de su Estado.

Por consiguiente, el mensaje fundamental y, para la condición caída, ofensivo de las Escrituras, es la negación de la soberanía humana sobre la propia existencia. No recae en la potestad del individuo ni de sus instituciones colectivas la determinación de lo que es bueno o malo, justo o injusto. Es la Deidad, en su calidad de Creador y Sustentador universal, quien define soberanamente, a través de Su santa Ley-Palabra, los parámetros inmutables de la justicia. Cualquier intento humano por legislar la moralidad al margen de esta revelación es, por definición, un acto de tiranía e injusticia, cuyo fin último es la criminalización de la justicia de Dios y la santificación del pecado del hombre. El ser humano, en su condición de criatura, permanece perpetuamente sujeto a la rendición de cuentas ante su Creador, una responsabilidad que no es meramente escatológica, sino que se manifiesta en las consecuencias históricas y presentes de sus actos, tanto personales como corporativos.

La humanidad no regenerada manifiesta una aversión visceral hacia este mensaje. A lo largo de la historia, se ha observado una profusión de sistemas de pensamiento (filosóficos, políticos y religiosos) que pueden ser analizados como intentos de refutar esta verdad fundamental. Cada uno de estos sistemas, desde las utopías platónicas hasta los estados totalitarios modernos y las visiones de una gobernanza global tecnocrática, puede ser visto como una empresa análoga a la Torre de Babel. El objetivo subyacente es siempre la unificación de la humanidad bajo un principio humanista para alcanzar una salvación y seguridad autogeneradas, usurpando así las prerrogativas divinas. Sin embargo, del mismo modo que se produjo la confusión de lenguas en la Torre de Babel, se frustran y se reducen a la insignificancia todos los esfuerzos humanos por establecer un orden social duradero desprovisto del soberano divino. La tarea que se impone a los adherentes al pacto, por lo tanto, no es la búsqueda de un terreno neutral con este orden mundial en rebelión, sino el fiel cumplimiento del mandato de dominio (Génesis 1:28; Mateo 28:18-20) mediante la proclamación del señorío real de Cristo y la aplicación gradual y generacional de Su ley a cada esfera de la vida, comenzando con el autogobierno personal y extendiéndose a la familia, la iglesia, el trabajo y la comunidad, con miras a la reconstrucción de la civilización para la gloria del Dios Trino.