Una Crítica Teonómica al Juicio Moral Contemporáneo

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TEOLOGÍACOSMOVISIÓNTEONOMÍA

Youseff Derikha

1/26/20266 min read

La sociedad contemporánea se caracteriza por la prevalencia de una ética de la inmediatez, donde el juicio moral se ha reducido a una reacción instantánea ante el flujo informativo. Fenómenos complejos son sometidos a un escrutinio superficial que demanda una condena o aprobación categórica en cuestión de segundos. No obstante, la verdadera ética exige que un juicio moral legítimo no debe constituir una respuesta visceral ante la vorágine mediática; por el contrario, debe entenderse como un acto de diakonia intelectual, enraizado en la obediencia y la adoración. Este proceso exige tiempo, meditación rigurosa, investigación exhaustiva y, fundamentalmente, la deconstrucción sistemática de los paradigmas humanistas preexistentes.

La articulación ética que puede usted encontrar en mis escritos, estudios y videos en YouTube, Patreon o en este lugar, son el resultado de un proceso de análisis y maduración que abarca aproximadamente poco más de una década. Las conclusiones expuestas en este espacio no son producto de la improvisación, sino de una reflexión teológica sostenida. Estas posturas no derivan de la exposición a datos aislados en los noticieros, ni de la influencia efímera de las tendencias en plataformas digitales o de líderes de opinión del momento, sino que responden a un marco doctrinal consolidado.

Al cuestionar la primacía social que nuestra sociedad le otorga a la inmediatez, se trasciende la mera rigurosidad académica; se plantea, en última instancia, un conflicto epistemológico contra el zeitgeist o espíritu de la época.

1. La Falacia de la Neutralidad y los "Hechos Brutos"

Una de las deficiencias epistemológicas centrales de la modernidad radica en la presunción de que es posible abordar los acontecimientos (los "hechos") desde una posición de neutralidad para derivar de ellos conclusiones morales autónomas. Pero lo cierto es que no existen "hechos brutos" carentes de interpretación. Todo hecho en el universo, por su carácter creado, pertenece a Dios y deriva su significado último de Él.

Esto conlleva una implicación teológica ineludible: la interpretación normativa de cualquier suceso no es una prerrogativa de la razón humana autónoma, sino que está predeterminada por el Creador. Siguiendo las enseñanzas de Cornelius Van Til y de R.J. Rushdoony, afirmamos que no existen hechos "no interpretados" o "neutros" esperando la asignación de significado por parte del hombre; por el contrario, cada partícula de la creación y cada evento histórico ya poseen una interpretación divina exhaustiva y autoritativa conferida por Dios desde la eternidad. La pretensión del hombre moderno de erigirse como juez último de los hechos, dictaminando su significado moral al margen de la Revelación, constituye una repetición del pecado original: el deseo de "ser como Dios, sabiendo [determinando] el bien y el mal" (Gén. 3:5). La verdadera racionalidad, por tanto, no consiste en la legislación creativa, ex nihilo, de la moralidad, sino en la sumisión del intelecto humano para "pensar los pensamientos de Dios después de Él", reconociendo que la Palabra-ley de Dios es la precondición indispensable para toda inteligibilidad y juicio justo.

Cuando la sociedad emite juicios morales precipitados ante estímulos mediáticos breves sin consultar el estándar trascendente, no está operando desde la objetividad, sino bajo la ilusión de la autonomía humana. Implícitamente, se acepta una interpretación de la realidad que valida al estado o al consenso social como árbitros finales y soberanos. Se asume erróneamente que la razón finita y caída del hombre posee la capacidad de juzgar la realidad de manera última, elevando la indignación emocional al estatus de justicia. Desde la perspectiva reconstruccionista, sin embargo, se afirma que "el temor de Jehová es el principio de la sabiduría" (Pro. 1:7). Sin este Arkhé o punto de partida presuposicional, todo juicio moral se reduce a un prejuicio subjetivo o a una convención cultural transitoria, llevando a una sociedad moralmente relativista.

2. Preferencia Temporal, Economía y Madurez Espiritual

Desde la óptica de la praxeología, de la sociología y de la Escuela Austriaca de economía, se entiende que el avance de la civilización se correlaciona con la disminución de lo que denominamos “preferencia temporal”; esto es, la disposición a posponer el consumo presente en favor de un bien mayor futuro. Este principio es igualmente aplicable a las esferas de la ética y la teología.

La moralidad predominante en las redes sociales denota una alta preferencia temporal: constituyéndose en un proceso de descivilización intelectual que prioriza la gratificación emocional instantánea, el consumo rápido de indignación y la validación tribal inmediata. Esta alta preferencia temporal en la moralidad, lleva a la sociedad, en palabras de R.J. Rushdoony, a una "rebelión contra la madurez". El pecado, en este sentido, infantiliza al individuo, impulsándolo a demandar respuestas simplistas y rápidas ante problemáticas de gran complejidad. Esta dinámica les facilita el juicio y les permite clasificar de forma instantánea a sujetos y eventos en categorías de “buenos” y “malos”, una operación que, lejos de ser inocua, encubre una usurpación teológica. Este impulso refleja la tentación edénica de "ser como dioses" (Gén. 3:5), entendida como la pretensión de convertirse en la fuente última de la determinación ética. Al eludir el mandato bíblico del debido proceso, que exige una "inquisición diligente" y la corroboración factual (Deut. 13:14; 19:18), el hombre moderno se arroga una pseudo-omnisciencia divina. Construye así un maniqueísmo moral donde la autonomía humana, que siempre genera ideologías, y no la Ley de Dios, define la rectitud, sustituyendo la justicia pactual por un moralismo humanista que sirve para la autojustificación del "yo" autónomo frente al "otro" demonizado. Ahorrando, dicho sea de paso, el costo cognitivo de pensar seriamente.

En contraposición, el juicio moral cristiano demanda una "acumulación de capital" intelectual y espiritual. El estudio sostenido durante responde a la comprensión de que la purga de las presuposiciones humanistas y estatistas de la mente no es un evento instantáneo, sino un proceso progresivo de santificación del entendimiento (Rom. 12:2). Este proceso requiere:

  • Meditación: La asimilación profunda de la Palabra-ley divina.

  • Formación: Obtención de las habilidades necesarias para la comprensión integral de la historia, la doctrina, de la lectura e interpretación.

  • Matices: La capacidad de discernir entre el bien y el mal, no basándose en la sensibilidad subjetiva, sino en la aplicación de la jurisprudencia bíblica (casuística).

3. La Soberanía Divina frente al Estatismo y la Autonomía

Como reconstruccionistas, la apelación final no se dirige a la voluntad democrática, ni a la razón natural autónoma, ni a los decretos del estado-nación. Se apela, evidentemente, al único estándar objetivo e infalible: la Palabra-Ley de Dios revelada.

Esta postura busca mantener la consistencia con el teísmo cristiano, reconociendo tres principios fundamentales:

  1. Soberanía Ontológica: Solo Dios es el Arkhé, el origen y la fuente de todo poder y definición semántica de la realidad.

  2. Dignidad y Majestad: Es prerrogativa exclusiva de la Divinidad definir las categorías de lo Bueno y lo Malo, lo Justo y lo Injusto.

  3. La Ley como Reflejo del Carácter Divino: La Ley no es un conjunto de reglas arbitrarias, culturales y contextuales, sino la expresión inmutable de la santidad de Dios.

Cualquier sistema que pretenda legislar ex nihilo al margen de la revelación bíblica, ya sea el estado usurpando derechos de propiedad y libertad, o el individuo legislando sobre moralidad en su indignación, incurre en una idolatría estructural, replicando el pecado original de Génesis 3:5: la pretensión de ser como Dios, determinando de manera autónoma el bien y el mal.

En consecuencia, no ofrezco disculpa alguna por la negativa a participar en los ciclos de indignación moral que dictan los medios de comunicación y las redes sociales. El silencio ante la crisis mediática de turno no debe interpretarse como apatía, sino como disciplina intelectual. Implica la consulta del "Mapa" (las Santas Escrituras) revelado antes de emprender la acción. Se busca asegurar que el juicio emitido no sea un reflejo de la propaganda del Establishment, sino una aplicación fiel de la Ley de Dios a la realidad circundante.

La verdadera libertad y la justicia no surgirán de reacciones viscerales en el entorno digital, sino de la formación de una generación de cristianos maduros, hombres y mujeres de dominio, que han dedicado tiempos y esfuerzo a la disciplina de pensar los pensamientos de Dios después de Él.