Juez en su propia causa
Los efectos noéticos del pecado y lo que el laboratorio puede y no puede decir sobre el autoengaño
Youseff Derikha
8/13/202628 min read


Hay una afirmación de la Escritura sobre el hombre que resulta más grave que la acusación de pecado, y que rara vez predicamos con el peso que le corresponde. No consiste en que el hombre haga el mal. Consiste en que el hombre juzga su propio mal y se declara inocente, y lo hace de buena fe. No miente cuando se absuelve a sí mismo. Se lo cree.
Conviene detenerse en lo que eso implica, porque implica bastante más de lo que parece. Significa que el instrumento con el cual el hombre examina su propia condición forma parte de la condición examinada. No hay dentro de nosotros un lugar limpio desde el cual mirar el resto. La facultad que juzga está comprometida en aquello que juzga, y por eso el veredicto sale, con una regularidad que debería inquietarnos, a favor del acusado.
La teología reformada llamó a esto los efectos noéticos del pecado. Es un nombre técnico y frío. La Escritura emplea otro vocabulario, y no es el vocabulario del error ni el de la imprecisión: habla de tinieblas, de ceguera, de dureza, de un velo sobre el entendimiento, de esclavitud. No describe una máquina desajustada. Describe una servidumbre.
Esto no se corrige con más información, porque el problema no es la escasez de datos. No se corrige con más inteligencia, y veremos que la inteligencia, cuando se la mide experimentalmente, agrava el cuadro en lugar de aliviarlo. No se corrige tampoco con buena voluntad, porque la voluntad es exactamente la parte comprometida. Lo digo al comienzo para que quede claro adónde vamos y por qué esto no puede terminar en una lista de consejos prácticos.
I. Una prueba antes de la doctrina
Antes de nombrar teológicamente el mecanismo, quiero que el lector lo vea funcionando. Le pido que participe de verdad y no se limite a leer, porque lo que sigue solamente pesa si uno mismo lo experimenta.
Tengo una regla en la mente. Una regla que gobierna secuencias de tres números. Doy un ejemplo que sí la cumple: 2, 4, 6. La tarea consiste en descubrir cuál es la regla. Para lograrlo, el lector puede proponer todas las secuencias que quiera, y yo responderé únicamente si cumplen la regla o no.
Casi todo el mundo procede de la misma manera. Piensa: números pares que aumentan de dos en dos. Y entonces propone 8, 10, 12. Sí, cumple. Propone 20, 22, 24. Sí, cumple. Propone 100, 102, 104. Sí, cumple otra vez. Con tres confirmaciones consecutivas, la mayoría anuncia con bastante seguridad que ya conoce la regla: números pares que aumentan de dos en dos.
La respuesta es incorrecta. La regla era, simplemente, tres números en orden ascendente.
Observe lo que ocurrió. Usted no fue perezoso. No fue irracional. Formuló una hipótesis razonable a partir de la evidencia disponible y la sometió a prueba varias veces. El problema estuvo en el tipo de prueba. Cada secuencia que propuso estaba diseñada para recibir un sí. Ninguna estaba diseñada para recibir un no. Y solamente un no habría sido informativo. Para descubrir la regla verdadera había que hacer algo que se siente contraintuitivo: proponer deliberadamente una secuencia que uno espera que fracase. 3, 12, 400. 1, 2, 3. Números impares. Cualquier cosa capaz de romper la hipótesis propia.
El experimento lo diseñó Peter Wason en 1960, y de él procede la expresión que hoy todo el mundo repite: sesgo de confirmación.[1] En las réplicas habituales de la tarea, alrededor del 20 % de los participantes acierta la regla en su primer anuncio. El resto no falla por falta de capacidad. Falla porque busca confirmación donde debería buscar refutación.
Hace aproximadamente un año emprendí un estudio personal sobre este fenómeno y sobre otro emparentado con él, el razonamiento motivado. Lo que encontré me interesó menos por lo que decía de la psicología que por lo que decía de la teología. La investigación experimental estaba construyendo, con instrumentos de laboratorio, categorías para describir algo que la Escritura había diagnosticado muchos siglos antes, con mayor precisión y con una gravedad que el laboratorio no alcanza. Porque el laboratorio puede medir el error. No puede declararlo culpable.
II. Sesgo de confirmación y razonamiento motivado: una distinción que se pierde
El sesgo de confirmación describe una asimetría en el manejo de la información. Buscamos preferentemente datos favorables a lo que ya creemos, los interpretamos con benevolencia, los recordamos mejor y sometemos la evidencia contraria a un escrutinio mucho más severo.
El razonamiento motivado va un paso más allá, porque introduce la voluntad. No describe solamente cómo procesamos la información, sino para qué la procesamos. Ziva Kunda, en un artículo de 1990 que se convirtió en referencia obligada, distinguió entre razonar con un objetivo de exactitud y razonar con lo que ella llamó un objetivo direccional: es decir, razonar hacia una conclusión que ya se prefiere.[2]
Y aquí aparece el detalle más importante de todo su trabajo, el que casi nunca se cita y que da vuelta el problema entero. Kunda sostuvo que las personas no creen simplemente lo que desean creer. Su capacidad de llegar a la conclusión preferida está limitada por su capacidad de construir una justificación que parezca razonable. Necesitamos mantener lo que ella llamó una ilusión de objetividad. Buscamos en la memoria las creencias y reglas que puedan sostener la conclusión deseada, combinamos lo que encontramos, elaboramos argumentos, y todo ese proceso de construcción de justificaciones nos parece, desde dentro, sinceramente objetivo.
Deténgase en la estructura de esa afirmación, porque es teológicamente decisiva. El mecanismo no consiste en la suspensión de la razón. Consiste en el empleo competente de la razón al servicio de una conclusión previa. No es que la facultad deje de funcionar. Es que funciona muy bien, y funciona para otro amo.
III. El diagnóstico bíblico
Esto es exactamente lo que la Escritura afirma del hombre caído, y conviene ver que lo afirma sin necesidad de un análisis clínico psicológico que lo valide.
Salomón escribe que todo camino del hombre es recto en su propia opinión, pero que Jehová pesa los corazones (Pr. 21:2). La misma sentencia aparece, con una variante, unos capítulos antes: los caminos del hombre son limpios en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus (Pr. 16:2). La estructura del proverbio es un contraste entre dos tribunales. Existe el tribunal de la autoevaluación, donde el hombre comparece como acusado, abogado y juez simultáneamente, y donde, previsiblemente, gana casi siempre. Y existe el tribunal donde Dios pesa. El texto no niega que la autoevaluación produzca resultados. Niega que sean confiables.
Jeremías formula el problema con más dureza, y su formulación exige que la leamos completa, porque casi siempre se cita a la mitad. Dice que el corazón es engañoso más que todas las cosas, y perverso (Jer. 17:9). El término hebreo traducido como engañoso, עָקֹב (ʿaqōb), comparte raíz con el nombre de Jacob, el que agarra el talón, el suplantador. El término traducido como perverso, אָנֻשׁ (ʾanush), significa propiamente incurable, desahuciado, enfermo sin remedio.[3] Pero lo clave del asunto viene inmediatamente después, en forma de pregunta: ¿quién lo conocerá? Y luego la respuesta: yo, Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón (Jer. 17:10).
Es decir, el pasaje que casi todos citamos para hablar del engaño del corazón es, en realidad, un pasaje sobre los límites del autoconocimiento. La pregunta no es retórica. Es un reconocimiento de opacidad. Y su respuesta no es una técnica introspectiva, sino una persona. Volveremos sobre esto al final, porque cambia por completo la conclusión práctica de todo el asunto.
Pablo desarrolla la misma cuestión en Ro. 1:18-21 con una secuencia que merece atención cuidadosa. Los hombres detienen con injusticia la verdad. El verbo griego es κατέχω (katéchō), que significa retener, sujetar, mantener algo abajo por la fuerza.[4] No describe a alguien que carece de información, sino a alguien que ejerce presión sobre algo que empuja hacia arriba. Luego dice que, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios. Y solo después de ese conocimiento y de esa negativa moral aparece el colapso intelectual: se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. La palabra que se traduce razonamientos es διαλογισμοί (dialogismoí): deliberaciones, cálculos, procesos de pensamiento. Y el adjetivo que califica al corazón es ἀσύνετος (asýnetos): sin discernimiento, incapaz de juntar las piezas.
Primero hay conocimiento. Después hay una disposición moral contraria a ese conocimiento. Y por último aparecen los razonamientos capaces de acomodar intelectualmente esa negativa. Pablo no está describiendo ignorancia. Está describiendo una construcción de justificaciones, racionalizaciones para negar la verdad. Es, en vocabulario del primer siglo, exactamente el mecanismo que Kunda describió en 1990.
Desde una epistemología cristiana esto permite ir bastante más lejos que el concepto secular de sesgo. El pecado no destruye nuestra capacidad de razonar; en realidad la trastorna. Y precisamente porque seguimos siendo criaturas racionales hechas a imagen de Dios podemos utilizar facultades genuinamente racionales para construir racionalizaciones extraordinariamente sofisticadas. Rushdoony insistía en que el pecado es una deformación de la naturaleza creada del hombre y no una segunda naturaleza que la sustituya. La imagen de Dios permanece en el hombre caído, pero se manifiesta de manera caída.[5] Un cuchillo que corta lo que no debe sigue siendo un buen cuchillo. Ese es precisamente el problema.
IV. No es debilidad: es servidumbre
Conviene ahora decir con exactitud qué clase de problema es, porque la palabra que la Escritura escoge no es debilidad, ni limitación, ni un desajuste mental.
Pablo escribe que los gentiles andan en la vanidad de su mente (Ef. 4:17). El término griego es ματαιότης (mataiótēs), la misma raíz que aparece en Rom. 1:21 cuando dice que se hicieron vanos en sus razonamientos. Vano en este contexto no significa falso; significa vacío del fin para el cual algo existe. Y el apóstol continúa: entenebrecidos en el entendimiento, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón (Ef. 4:18). Observe el orden, porque es el mismo de Rom. 1. La ignorancia no es la causa del alejamiento. Es su consecuencia. La causa es la dureza, y el término empleado es πώρωσις (pṓrōsis), una palabra que en el lenguaje médico antiguo designaba el callo que se forma sobre un hueso: el tejido endurecido que ya no siente.[6]
Cristo declaró: todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado (Jn. 8:34). La palabra es δοῦλος (doûlos), esclavo. No dice que el pecador esté enfermo, ni confundido, ni mal informado. Dice que pertenece a otro. Y Pablo describe el efecto de esa pertenencia sobre la inteligencia cuando afirma que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos (2 Co. 4:4). El sustantivo griego es νοήματα (noḗmata): los pensamientos, los productos de la mente. La ceguera no está en los ojos. Está en aquello con lo cual interpretamos lo que los ojos ven.
Aquí está la parte oscura del asunto. Un ciego sabe que no ve, y por eso busca quien lo guíe. Esta ceguera no se sabe ciega. Se experimenta desde dentro como lucidez. El esclavo de esta servidumbre no siente cadenas; siente convicciones. Defiende su prisión con argumentos, y los argumentos pueden son racionales, y por eso la prisión resiste. No estamos describiendo a un hombre que tropieza en la oscuridad. Estamos describiendo a un hombre que ha encendido una lámpara y camina con paso firme en la dirección equivocada.
Van Til insistió en que el hombre natural no carece de facultades ni de conocimiento de Dios. Lo tiene, y lo suprime. Y esa supresión no es un acto puntual, sino un trabajo continuo, sostenido, que ocupa buena parte de su vida intelectual. Usó una imagen que cuesta olvidar: la de un niño sentado en el regazo de su padre, que necesita el sostén del padre precisamente para tener la estabilidad desde la cual abofetearlo.[7]
Esa imagen contiene toda la doctrina. El incrédulo razona bien porque vive en un mundo creado, ordenado e inteligible, sostenido en cada instante por Dios, y emplea esa racionalidad prestada para negar a quien se la presta. No hay aquí un defecto de capacidad. Hay una dirección. La antítesis de la que hablaba Van Til nunca fue metafísica (los cristianos no somos criaturas de otra clase, ni disponemos de otro tipo de mente), sino ética.[8] Dos hombres con las mismas facultades, ante los mismos hechos, y una diferencia decisiva en aquello a lo que esas facultades sirven.
Podemos reunir evidencia, citar autores, elaborar argumentos, seleccionar estadísticas y detectar impecablemente los sesgos del adversario mientras permanecemos prácticamente ciegos ante los nuestros. Y esa afirmación no es una intuición piadosa ni un adorno homilético: es un resultado empírico, y de los más incómodos.
V. La evidencia moderna
En 1979, Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper reunieron a partidarios y detractores de la pena de muerte y les entregaron a todos el mismo material: dos estudios, uno favorable y otro contrario, con metodologías equivalentes.[9] Ambos grupos calificaron como metodológicamente sólido el estudio que confirmaba su posición y como defectuoso el que la contradecía. La misma evidencia mixta reforzó las convicciones opuestas de los dos bandos. La parte más espectacular de aquel hallazgo, la polarización de actitudes, ha resultado bastante menos robusta en investigaciones posteriores que la asimilación sesgada de la evidencia. Lo primero está discutido. Lo segundo se ha replicado con solidez.
Charles Taber y Milton Lodge encontraron en 2006 algo todavía más significativo.[10] Al observar cómo evaluaban los ciudadanos argumentos políticos favorables y contrarios a sus posiciones, comprobaron que el tiempo dedicado a rebatir mentalmente un argumento crecía cuando ese argumento resultaba incómodo, y que quienes más lo hacían eran los más informados y los que tenían convicciones más firmes. Lo llamaron escepticismo motivado, y el nombre es exacto. No estamos ante credulidad, sino ante una exigencia de prueba que se endurece o se relaja según de qué lado venga el dato.
El experimento más citado, sin embargo, lo publicaron Dan Kahan, Ellen Peters, Erica Dawson y Paul Slovic.[11] Su diseño es muy llamativo. Presentaron a 1.111 adultos estadounidenses un problema de inferencia causal a partir de una tabla de datos. A una parte de los participantes le dijeron que los datos correspondían a un estudio sobre una crema para erupciones cutáneas. A la otra parte le presentaron exactamente los mismos números, pero atribuidos a un estudio sobre la prohibición de portar armas.
Con la crema, el resultado fue el esperado: las personas con mayor competencia numérica acertaron mucho más que las demás. Con la prohibición de armas, las respuestas se polarizaron políticamente y perdieron exactitud. Hasta aquí, nada sorprendente. Lo sorprendente es lo que ocurrió con los más competentes. La polarización no disminuyó entre ellos. Aumentó. Los sujetos con mayor capacidad cuantitativa emplearon esa capacidad de manera selectiva, para hacer que los datos dijeran lo que su identidad política necesitaba que dijeran.
La inteligencia no funcionó como antídoto: realmente funcionó como multiplicador.
Una replicación preregistrada de este experimento, publicada en 2021 con una muestra sueca, reprodujo el razonamiento políticamente motivado pero no logró reproducir la interacción decisiva: la competencia numérica no amplificó la polarización.[12] Lo que deja en evidencia que el “método científico” (empírico) aplicado a la acción humana es ineficiente. Pero estos estudios serven para ilustrar verdades ontológicas del ser humano, no para establecerlas, ya que deben ser descritas por otros métodos.
Keith Stanovich ha documentado la misma anomalía desde otro ángulo, con datos más estables.[13] El sesgo del propio bando (myside bias, la tendencia a evaluar la evidencia en favor de las convicciones que uno ya sostiene) es, según su expresión, un sesgo atípico. La mayoría de los sesgos cognitivos correlaciona negativamente con la capacidad intelectual: las personas más inteligentes tienden a caer menos en ellos. Este no. Su magnitud es prácticamente independiente de la inteligencia, de la formación académica y del nivel educativo. Y hay un dato todavía más perturbador: tampoco correlaciona significativamente con la disposición que se define precisamente como apertura mental activa. Es decir, quienes se declaran y se miden como “pensadores abiertos” no muestran menos sesgo del propio bando que los demás.
A eso hay que sumar el trabajo de Emily Pronin, Daniel Lin y Lee Ross sobre lo que llamaron el punto ciego del sesgo.[14] Cuando se pide a las personas que evalúen en qué medida los sesgos cognitivos afectan a la gente en general y en qué medida les afectan a ellas mismas, prácticamente todo el mundo se atribuye menos sesgo que el promedio. La explicación que ofrece Pronin es sencilla: juzgamos a los demás por su conducta observable, y a nosotros mismos por nuestra introspección. Y la introspección no muestra sesgo, porque el sesgo no se presenta ante la conciencia con una etiqueta. Se presenta bajo la forma de una convicción bien fundada.
Esto explica una observación de Jesucristo que solemos leer únicamente en clave moral: ¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? (Mt. 7:3). Hay ahí una asimetría cognitiva antes que una acusación de hipocresía: enorme sensibilidad ante el defecto ajeno, pero una sorprendente insensibilidad ante el propio. Y conviene notar lo que el pasaje no dice. No dice que dejemos de examinar el ojo del hermano. Dice: saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano (Mt. 7:5). El autoexamen no sustituye al juicio. En realidad lo habilita.
VI. Una confesión de método
La historia del experimento de Wason que conté al principio suele narrarse, en la literatura de divulgación, con un fuerte sesgo de confirmación. Cuando se revisan los datos originales aparece un cuadro más matizado: de 29 participantes, 6 acertaron la regla en su primer anuncio, y 21 la descubrieron finalmente. Muchos de los que fallaron parecen haber tomado la tarea a la ligera al principio y corrigieron su método en cuanto recibieron una respuesta negativa. El fenómeno es real, y las réplicas posteriores lo confirman. Pero la anécdota se ha contado de manera más contundente de lo que los datos permiten, porque, de manera paradójica, confirmaba lo que la disciplina quería demostrar.
La literatura sobre el sesgo de confirmación tiene su propio sesgo de confirmación. Si eso no parece una ilustración adecuada de la doctrina del pecado, no sé qué podría serlo.
VII. El problema no es psicológico, es ético y filosófico
Toda esta literatura está saturada de vocabulario normativo. Habla de distorsión, de error, de irracionalidad, de fallo, de lo que deberíamos hacer. Ahora bien, hablar de distorsión supone un patrón respecto del cual algo se distorsiona. Hablar de mal funcionamiento supone una función propia. Y ahí es donde el marco naturalista que produjo estos hallazgos empieza a tener dificultades para pagar sus propias cuentas.
Hugo Mercier y Dan Sperber han propuesto una explicación coherente con ese marco: la razón no habría evolucionado para que el individuo alcanzase la verdad, sino para argumentar, es decir, para persuadir a otros y para evaluar los argumentos ajenos.[15] Si esto es así, el sesgo de confirmación no es un defecto del sistema; es el sistema haciendo aquello para lo que fue configurado (aunque se suponga que nadie lo configuró). Un abogado que solo busca pruebas favorables a su cliente no está funcionando mal. Está funcionando perfectamente.
La propuesta es seria y tiene fuerza explicativa (recordemos nuestro análisis sobre el razonamiento del hombre caído en la Escritura). Explica por qué somos malos auditores de nosotros mismos y excelentes auditores de los demás, y por qué el razonamiento mejora tanto en contextos de discusión genuina. Sería deshonesto tratarla como una ocurrencia. Pero también deja una pregunta abierta que sus autores no responden del todo: si la función de la razón es ganar discusiones, ¿de dónde procede la obligación de preferir la verdad cuando la verdad me perjudica? La racionalización puede parecer impecable y, aun así, la norma de la verdad y la ética queda sin fundamento. Se la toma prestada.
Aquí el análisis deja de ser una comparación entre dos descripciones rivales y se convierte en una cuestión de fundamentos. El investigador que denuncia el sesgo está haciendo tres cosas a la vez, y conviene separarlas. Primero, afirma que existe una verdad independiente de lo que deseamos creer. Segundo, afirma que nuestra mente debe conformarse a ella. Y tercero, afirma que fallar en eso es reprochable, no simplemente ineficaz. Las tres afirmaciones se sostienen sin dificultad si el hombre es criatura de un Dios que habla infaliblemente y que juzga. Ninguna de las tres se deriva de un proceso ciego cuyo único criterio es la supervivencia diferencial. Que el sesgo exista lo puede establecer un naturalista. Que el sesgo sea un mal no lo puede establecer sin pedir prestado.
No estoy diciendo que la ciencia confirme la Biblia. Esa manera de hablar invierte el orden de la autoridad y convierte a la Escritura en la hipótesis y al experimento en el juez. Lo que digo es lo contrario: el mundo se comporta como la Escritura dice que se comporta, y quienes lo estudian sin ella logran describir el fenómeno con notable precisión mientras carecen de recursos para explicar por qué constituye un problema. Pueden decirnos cómo distorsionamos nuestras evaluaciones. La Escritura además pregunta por qué queremos hacerlo, e introduce las categorías que corresponden a esa pregunta: orgullo, temor, idolatría, amor al mundo, deseo de aprobación, envidia, autojustificación y rebelión.
He llamado a esto razonamiento sodomizado. No lo empleo como insulto ni como referencia a una conducta particular. Lo empleo porque la propia Escritura convierte a Sodoma en imagen de la inversión del orden creado, y la usa analógicamente contra Jerusalén y contra la ciudad enemiga del pueblo de Dios (Is. 1:10; Ez. 16:46-52; Ap. 11:8). La idea es esa: una facultad creada buena, es torcida hacia un fin contrario a aquel para el cual fue dada. La razón, ordenada por creación al reconocimiento de la verdad de Dios, puesta al servicio de deseos, identidades, temores e intereses que necesitan protegerse de esa verdad. No es que la razón haya dejado de operar. Es que ha sido trastornada e invertida.
VIII. Dos objeciones que hay que tomar en serio
La primera es la autorreferencia. Si el razonamiento humano está comprometido de esta manera, entonces el razonamiento mediante el cual acabo de establecer que el razonamiento humano está comprometido también lo está. La tesis se corta la rama sobre la que está sentada. Y si respondemos que nosotros escapamos a la corrupción porque tenemos la Escritura, hemos añadido petulancia al problema sin resolverlo, porque la Escritura también hay que interpretarla, y la interpretamos con la misma facultad averiada.
Hay que responder por partes, y hay que conceder bastante más de lo que nos gustaría.
Primero, la doctrina reformada de los efectos noéticos del pecado nunca ha afirmado la destrucción de la razón, sino su reorientación. Si la razón estuviese destruida no habría racionalizaciones sofisticadas, solamente balbuceo ininteligible. La corrupción es parásita de una facultad que sigue funcionando. Segundo, y esto es lo importante, la afirmación cristiana no es que la razón sea poco fiable, sino que no es autónoma. No es un juez de última instancia. Es un instrumento que rinde cuentas.
Tercero, sí: hay circularidad. Van Til lo admitió con una franqueza que sus divulgadores suelen suavizar.[16] Todo compromiso último es, por definición, autoacreditado, porque cualquier criterio invocado para validarlo se convertiría en el compromiso último real. El naturalista que valida su razón mediante su razón está en la misma posición formal. Esto no elimina la objeción; la iguala. Y no nos exime de la obligación, que John Frame subrayó con razón, de que el círculo sea ancho: que el sistema explique el mundo, resista el examen, ilumine los datos y acepte ser sometido a prueba en su interior.[17] Un círculo estrecho no es un argumento trascendental. Es fideísmo con vocabulario técnico.
La segunda objeción va dirigida a nosotros. La doctrina que acabo de exponerpuede ser el instrumento de razonamiento motivado más eficaz jamás puesto en manos de un cristiano. Convierte cualquier desacuerdo en supresión de la verdad. Permite descalificar a un interlocutor sin examinar un solo argumento suyo: usted no discrepa porque tenga razones, sino porque su corazón está en rebelión. Y lo hace de manera irrefutable, porque toda protesta del acusado se cuenta como prueba adicional del diagnóstico.
He visto ese movimiento decenas de veces en círculos presuposicionalistas, teonómicos y reconstruccionistas, y a veces un servidor ha caído en lo mismo. Es un abuso, y es un abuso especialmente grave, porque toma una doctrina cuyo destinatario primario es uno mismo y la convierte en un arma dirigida solamente hacia afuera. Van Til fue explícito en que la antítesis no es una afirmación de superioridad personal del creyente. El creyente sabe de la supresión de la verdad porque la conoce por dentro.
IX. Una corrección empírica al pesimismo cómodo
Durante años se popularizó la idea del efecto contraproducente: la tesis de que corregir a alguien con datos refuerza su error.[18] Thomas Wood y Ethan Porter pusieron esa afirmación a prueba en cinco experimentos con más de 10.100 participantes y 52 cuestiones políticamente sensibles.[19] No encontraron ningún caso en que la corrección produjera ese efecto. La conclusión general de esa línea de investigación es que, por regla general, los ciudadanos sí atienden a la información factual, incluso cuando desafía sus compromisos ideológicos. Las correcciones funcionan de manera moderada, no perfecta, y su efecto depende de la fuente, la repetición y la formulación. Pero funcionan.
De modo que el diagnóstico bíblico no autoriza la desesperación epistemológica. La gente cambia de opinión ante la evidencia con más frecuencia de lo que nuestra retórica sugiere. Quien afirma que discutir no sirve para nada suele estar defendiendo, con esa afirmación, su derecho a no discutir.
X. Por qué el espejo no basta
Durante algún tiempo pensé que usar el conocimiento de los sesgos como espejo antes de usarlo como bisturí contra el adversario era una forma de librarnos de él. Sigo pensando que la orientación es correcta. Pero la evidencia bíblica y empírica sobre la ilusión introspectiva muestra que es insuficiente, y por una razón que la Escritura ya había señalado. El espejo no ayuda si el problema está en el ojo que mira. La introspección es precisamente la facultad comprometida. Pedirle al corazón engañoso que se examine a sí mismo y emita un veredicto es nombrar juez al acusado.
Por eso Jeremías, después de declarar el engaño del corazón, pregunta quién podrá conocerlo, y responde señalando a Dios (Jer. 17:9-10). Y por eso el salmista no dice “me examinaré”. Dice: examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos, y ve si hay en mí camino de perversidad (Sal. 139:23-24). El verbo hebreo que se traduce escudriñar en Jeremías y examinar en el salmo es el mismo, חָקַר (ḥāqar). Jeremías afirma que Dios escudriña; el salmista pide que lo escudriñe. La estructura bíblica no es un ejercicio de autoconocimiento. Es una petición dirigida a alguien situado fuera de nuestro circuito averiado.
Y esa instancia externa se ejerce por medios concretos, no místicos.
Se ejerce por la Palabra, que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (He. 4:12). El término griego es κριτικός (kritikós): capaz de emitir juicio. La Escritura no es allí un objeto que nosotros analizamos; es el sujeto que nos analiza a nosotros.
Se ejerce por el adversario (el otro, uno externo), y Proverbios lo dice con una economía admirable: justo parece el primero que aboga por su causa, pero viene su adversario y le descubre (Pr. 18:17). La palabra clave es «parece». Una versión de los hechos resulta concluyente mientras sea la única escuchada.
Se ejerce por el testimonio múltiple, que la ley exige antes de cualquier sentencia (Dt. 19:15), y que va acompañado de una disposición notable: el testigo falso recibe la pena que pretendía imponer a su hermano (Dt. 19:16-21). La ley de Dios no supone que las declaraciones sean fiables por ser sinceras. Supone lo contrario, y construye procedimiento sobre esa suposición.
XI. La consecuencia institucional
Aquí es donde esta discusión aparentemente psicológica toca el nervio de todo lo que vengo sosteniendo en este proyecto.
El principio de que nadie puede ser juez competente en su propia causa no es una regla procesal accidental. Es una consecuencia directa de la antropología bíblica. Y la pretensión contraria (la de ser un auditor fiable de uno mismo) es la forma epistemológica de la autonomía. Es la misma reivindicación de soberanía que rechazamos en el terreno político, trasladada al interior de la caja de calcio. El que confía en su propio corazón es un necio (Pr. 28:26).
Esto tiene una implicación institucional amplia. Si ningún hombre puede auditarse a sí mismo con fiabilidad, entonces el peligro de la concentración de poder no reside principalmente en que los gobernantes sean peores que los demás. Reside en que el poder concentrado suprime la auditoría externa sobre hombres que son exactamente como los demás[20]. Un magistrado sin adversario procesal, un pastor sin testigos, un ministro sin jurisdicción rival, un banco central sin competencia monetaria: en todos esos casos se instituye a alguien como juez en su propia causa y se le concede además el monopolio de la fuerza necesaria para sostener su veredicto.
XII. Disciplinas de contención
Veamos qué se sigue de esto en la práctica, con una advertencia que retomaré al final. Nada de lo que voy a proponer cura el problema. Son disciplinas de contención, no remedios. Quien las practique creyendo que así se vuelve inmune al autoengaño habrá añadido un engaño más a la lista.
Primero, una práctica personal muy simple y bastante desagradable: escriba por anticipado qué hechos le harían cambiar de opinión. No lo piense; escríbalo, con fecha, antes de tener el dato. Si no logra formular ninguna condición de refutación, no sostiene una tesis, sostiene una identidad. Lo mismo vale para las predicciones. Anótelas. Ponga plazos. Revíselas después. Casi nadie lo hace, y por eso casi todo el mundo recuerda haber acertado.
Segundo, una regla que Anatol Rapoport formuló y que Daniel Dennett popularizó, y que a mi juicio no es más que la práctica escolástica, que a su vez, es el noveno mandamiento aplicado al debate.[21] Antes de refutar a alguien, reexprese su posición con tanta claridad y honestidad que el contrario responda: gracias, ojalá lo hubiera dicho así. Después enumere los puntos en que están de acuerdo. Después mencione lo que ha aprendido de él. Y solo entonces critique. No dirás contra tu prójimo falso testimonio (Éx. 20:16) no se limita al estrado judicial: incluye tergiversar su argumento, atribuirle una motivación que no ha manifestado y refutar una versión de su posición que él no sostiene. El Catecismo Mayor de Westminster incluye entre los pecados prohibidos por este mandamiento la mala interpretación de las intenciones, las palabras y las acciones del prójimo.[22] Caricaturizar a un adversario es un pecado de la segunda tabla de la ley, no una técnica retórica.
Tercero, lea al adversario en fuente primaria y no en la refutación que escribió alguien de su propio bando. La distancia entre lo que Fulanito escribió y lo que se dice que Fulanito escribió es un abismo, y lo mismo vale para casi cualquier autor que usted haya descartado sin leer. Esta misma regla se enseña en casa: exija a sus hijos exponer la posición contraria antes de permitirles refutarla. Un adolescente que sabe defender el argumento de su oponente mejor que el oponente ha adquirido algo que no proporciona ningún curso de apologética; el que solo ha memorizado respuestas tiene munición, no entendimiento.
Cuarto, en la iglesia: los procedimientos de disciplina existen porque nadie es juez fiable en su propio caso, y eso incluye al acusador, al ofendido y al anciano. Una congregación donde la palabra del liderazgo no está sujeta a testigos, examen y contradicción no ha eliminado el sesgo; lo ha instalado en el lugar donde nadie puede corregirlo.
Y quinto, para no dejar ninguna casa sin barrer: la escatología. Si usted sostiene una expectativa de victoria histórica del evangelio y cada avance cultural le parece confirmación, mientras cada retroceso le parece un episodio pasajero dentro de un proceso más largo, su tesis se ha vuelto incapaz de recibir información. Las afirmaciones escatológicas no son predicciones empíricas sencillas y no debemos pretender tratarlas como tales. El uso retórico que hacemos de la historia sí es empírico, y ahí opera el sesgo con total libertad. Vale exactamente igual para el pesimista que lee cada noticia como prueba del colapso inminente.
La disciplina intelectual cristiana comienza, entonces, con una pregunta bastante más incómoda que preguntarse en qué está equivocado el adversario. Comienza preguntando qué tendría que ser verdad para que yo estuviera equivocado, y si estoy realmente dispuesto a descubrirlo.
La madurez intelectual cristiana no consiste en alcanzar un punto en el que creamos estar libres de sesgos. Ese punto no existe de este lado de la historia, y quien cree haber llegado a él ha adquirido simplemente un sesgo más, con la agravante de considerarlo lucidez. Consiste en saber que también nosotros somos capaces de confundir una racionalización con un argumento, una preferencia con una convicción, y el deseo de tener razón con el amor a la verdad. Y consiste, sobre todo, en organizar la propia vida intelectual de manera que exista siempre alguien más con autoridad para contradecirnos: la Escritura, el hermano, el testigo, el adversario honesto.
El cristiano no aspira a una mente sin sesgos. Aspira a una mente sometida a juicio.
XIII. El dique y la fuente
Queda, sin embargo, la pregunta que este artículo ha ido aplazando, y que ninguna de esas prácticas puede responder.
Jeremías, al describir el corazón, no dijo solamente que fuera engañoso. Dijo que era ʾanush, esa palabra significa incurable, desahuciado. Pertenece al vocabulario de la medicina. Si eso es verdad, entonces todo lo dicho (el testimonio múltiple, el adversario procesal, la disciplina eclesiástica, el registro honesto de las propias predicciones) es contención y no curación. Son diques. Un dique es una gran cosa cuando hay una inundación, y despreciarlo sería insensato. Pero ningún dique seca la fuente.
La ley de Dios, aplicada a la mente, produce el mismo efecto que produce en todo lo demás. Revela la magnitud del problema y demuestra que no puede resolverlo. Nos enseña a desconfiar de nosotros mismos con razones excelentes. No nos entrega un corazón distinto.
Y entonces, en el mismo profeta que declaró incurable el corazón, aparece la respuesta: pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón (Jer. 31:33). No dice que la enseñará mejor, ni con métodos más eficaces. Dice que la escribirá dentro. Ezequiel lo formula con idéntica lógica: quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne (Ez. 36:26). La solución bíblica al corazón engañoso no es pedagógica ni terapéutica. Es una obra de creación. Dios no repara el instrumento averiado. Da uno nuevo.
Eso es el evangelio aplicado al entendimiento. Cristo no vino a informar mejor a una mente neutral que solamente carecía de datos. Vino a liberar a un esclavo que no sabía que lo era y que habría discutido con energía la acusación. Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Jn. 8:36). Y la libertad que otorga no consiste en que la mente quede por fin entregada a sí misma, porque eso era precisamente la esclavitud. Consiste en que sea devuelta a su dueño legítimo.
Por eso Pablo describe la vida cristiana del pensamiento con un verbo que sorprende. No dice que emancipemos nuestros pensamientos. Dice que los llevemos cautivos a la obediencia a Cristo (2 Co. 10:5). El término griego es αἰχμαλωτίζω (aichmalōtízō), tomar prisionero en la guerra. La mente rescatada de una servidumbre no queda soberana. Queda tomada. Y ahí está la distinción decisiva: nunca estuvo en juego la autonomía frente a la sujeción, sino a quién estamos sujetos.
Sin embargo, la regeneración no exime del autoengaño. Pablo escribe a creyentes cuando les manda transformarse por la renovación del entendimiento (Ro. 12:2), y el sustantivo griego, ἀνακαίνωσις (anakaínōsis), describe un proceso en curso y no un acontecimiento concluido. El hombre nuevo tiene una mente liberada y todavía no plenamente renovada. Por eso siguen siendo necesarios el testigo, el adversario, la disciplina y la Palabra, no como sustitutos del evangelio, sino como los medios ordinarios por los cuales el evangelio hace su trabajo en una mente cristiana que aún se resiste. El cristiano que deduce de su conversión que ya no puede engañarse a sí mismo acaba de ofrecer la prueba más clara de que sí puede.
De modo que la conclusión no es optimista respecto de nosotros. Es optimista respecto de Cristo, que es una cosa distinta y bastante más firme. No dejaremos de ser capaces de confundir una racionalización con un argumento, una preferencia con una convicción y el deseo de tener razón con el amor a la verdad. Pero hemos sido puestos bajo un juicio que no se equivoca, y eso transforma la naturaleza del examen. El hombre que teme ser descubierto se defiende, y toda su inteligencia se organiza alrededor de esa defensa. El hombre que ya fue descubierto, juzgado y perdonado puede permitirse mirar.
Ahí está la razón por la cual un cristiano puede hacer algo que ningún hombre hace espontáneamente: pedir que lo examinen. No es valentía intelectual ni superioridad de carácter. Es que la sentencia ya se pronunció en la cruz, y por tanto la investigación ha dejado de ser peligrosa.
Por eso la última palabra sobre este asunto no es un método, sino una oración, y ahora puede pronunciarse sin temor: examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos, y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Sal. 139:23-24).
Quien pide eso en serio ya ha admitido lo esencial: Que no puede hacerlo solo.
[1]Peter C. Wason, «On the Failure to Eliminate Hypotheses in a Conceptual Task», Quarterly Journal of Experimental Psychology 12, n.º 3 (1960): 129-140.
[2]Ziva Kunda, «The Case for Motivated Reasoning», Psychological Bulletin 108, n.º 3 (1990): 480-498, esp. 482-483 sobre la illusion of objectivity.
[3]Para ambos términos, The Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament (Koehler-Baumgartner), s.v. עָקֹב y אָנֻשׁ; cf. Brown-Driver-Briggs, s.v. אנשׁ, «incurable», usado también en Jer. 15:18 y 30:12-15 para heridas sin remedio.
[4]A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature (BDAG), 3.ª ed., s.v. κατέχω, acepción 1: retener, sujetar, impedir.
[5]Rousas J. Rushdoony, Systematic Theology, 2 vols. (Vallecito: Ross House Books, 1994), vol. 1, secciones sobre la doctrina del hombre; cf. The Institutes of Biblical Law (Nutley: Craig Press, 1973), 449-451. La tesis de que el pecado es deformación y no sustitución de la naturaleza creada es común a la tradición reformada; cf. Herman Bavinck, Gereformeerde Dogmatiek, vol. 3, sobre el pecado.
[6]Karl Ludwig Schmidt, «πωρόω, πώρωσις», en Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament (Kittel), vol. 5, 1024-1032, sobre el uso médico del término para la callosidad ósea.
[7]La imagen se transmite sobre todo a través de Greg L. Bahnsen, Van Til's Apologetic: Readings and Analysis (Phillipsburg: P&R, 1998), donde se cita de los escritos educativos de Van Til. No he podido fijar con seguridad el locus exacto en el corpus vantiliano, y prefiero decirlo antes que fabricar una referencia.
[8]Cornelius Van Til, The Defense of the Faith, 4.ª ed., ed. K. Scott Oliphint (Phillipsburg: P&R, 2008), esp. cap. 4 sobre el punto de contacto y la naturaleza ética —no metafísica— de la antítesis.
[9]Charles G. Lord, Lee Ross y Mark R. Lepper, «Biased Assimilation and Attitude Polarization: The Effects of Prior Theories on Subsequently Considered Evidence», Journal of Personality and Social Psychology 37, n.º 11 (1979): 2098-2109.
[10]Charles S. Taber y Milton Lodge, «Motivated Skepticism in the Evaluation of Political Beliefs», American Journal of Political Science 50, n.º 3 (2006): 755-769.
[11]Dan M. Kahan, Ellen Peters, Erica Cantrell Dawson y Paul Slovic, «Motivated Numeracy and Enlightened Self-Government», Behavioural Public Policy 1, n.º 1 (2017): 54-86. El working paper circuló desde 2013 (Yale Law School, Public Law Working Paper n.º 307).
[12]Emil Persson, David Andersson, Lina Koppel, Daniel Västfjäll y Gustav Tinghög, «A Preregistered Replication of Motivated Numeracy», Cognition 214 (2021): 104768. Reprodujeron el razonamiento motivado, pero no la interacción entre competencia numérica y polarización, que es el hallazgo que da nombre al artículo original.
[13]Keith E. Stanovich, Richard F. West y Maggie E. Toplak, «Myside Bias, Rational Thinking, and Intelligence», Current Directions in Psychological Science 22, n.º 4 (2013): 259-264; desarrollado extensamente en Keith E. Stanovich, The Bias That Divides Us: The Science and Politics of Myside Thinking (Cambridge, MA: MIT Press, 2021).
[14]Emily Pronin, Daniel Y. Lin y Lee Ross, «The Bias Blind Spot: Perceptions of Bias in Self Versus Others», Personality and Social Psychology Bulletin 28, n.º 3 (2002): 369-381.
[15]Hugo Mercier y Dan Sperber, «Why Do Humans Reason? Arguments for an Argumentative Theory», Behavioral and Brain Sciences 34, n.º 2 (2011): 57-74; ampliado en The Enigma of Reason (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2017).
[16]Van Til, The Defense of the Faith, 130-132: todo sistema que parte de un compromiso último razona circularmente, y la cuestión no es si hay círculo, sino cuál es el círculo verdadero.
[17]John M. Frame, The Doctrine of the Knowledge of God (Phillipsburg: P&R, 1987), 130-133, sobre la circularidad «ancha» frente a la «estrecha».
[18]La formulación clásica en Brendan Nyhan y Jason Reifler, «When Corrections Fail: The Persistence of Political Misperceptions», Political Behavior 32, n.º 2 (2010): 303-330. Los propios autores han matizado después el alcance del efecto.
[19]Thomas Wood y Ethan Porter, «The Elusive Backfire Effect: Mass Attitudes' Steadfast Factual Adherence», Political Behavior 41, n.º 1 (2019): 135-163.
[20] Y no es una vía de solución lo que conocemos como contralorías en los estados. Toda contraloría es parte del estado, y la parte no puede ser juez. Un juez debe ser independiente de aquellos a los que está juzgando.
[21]Daniel C. Dennett, Intuition Pumps and Other Tools for Thinking (Nueva York: W. W. Norton, 2013), 33-35, donde atribuye las reglas a Anatol Rapoport.
[22]Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 145.
